Adviento: tiempo de recrear la esperanza

Marcos Alba, msps

No es fácil la esperanza hoy. Seguro que nunca lo ha sido. Pero estamos viviendo un tiempo en el que son más visibles la inseguridad, la desconfianza, la injusticia, el temor, el sinsentido. Nuestra realidad duele, golpea. El mal se deja sentir con fuerza. Nos genera tristeza, indignación, impotencia y muchas preguntas.

No faltan los motivos para el desaliento. En momentos nos sentimos desencantados. No se dan los cambios que anhelamos, las expectativas quedan incumplidas, la ilusión se nos desinfla. La presencia del mal es tan abrumadora, que deja en nosotros la sensación de impotencia. Nos genera la tentación de la resignación («no hay nada que hacer, todo es inútil»), nos puede llevar a la amargura y la queja o, peor aún, a refugiarnos en la indiferencia: nos llegamos a acostumbrar al sufrimiento, perdiendo la capacidad de reaccionar y de salir al encuentro del que sufre. Y esto está generando una espantosa deshumanización silenciosa, cada vez más globalizada y común en nuestro mundo.

La indiferencia es una de las formas más graves y peligrosas de «desamor«. Nos acostumbramos a ignorar el sufrimiento, y eso mismo nos impide también desarticular y superar todo lo que abarca ese desamor. Y acabamos por no hacer nada de lo que deberíamos hacer por tantos hermanos que son víctimas de situaciones y hechos inhumanos. Ahí radica la gravedad de este desamor silencioso que es la indiferencia: impide contribuir a su eliminación.

La apatía es también una forma de desesperanza. Son muchas las causas, motivos y circunstancias que nos impiden salir de nosotros mismos y preocuparnos por aquellos que son víctimas y viven situaciones difíciles, injustas o inhumanas. Nuestra indiferencia se puede deber a nuestros miedos, a nuestra insensibilidad, a nuestros límites, a nuestro egocentrismo, arrogancia, menosprecio o desprecio de los demás, a complejos de superioridad, soberbia, racismo… Tal vez, en el fondo, la indiferencia es un intento de que no duela, un dejar de sentir, volver la mirada a otra cosa, lejos de la realidad de sufrimiento…

Recrear la esperanza no es ignorar la presencia del mal, de la injusticia, del pecado, de todo aquello que nos deshumaniza. La esperanza cristiana no tiene los ojos cerrados. Es de ojos abiertos. Nos lleva a tomar conciencia de nuestras carencias y vacíos, de todo aquello que falta, de nuestras grietas. Pero no nos quedamos ahí. Sabemos, también, ver los brotes de vida y de bien que están ahí presentes. La esperanza no ignora la realidad; por eso duele. Pero se compromete a luchar para cambiar las cosas, para hacer que suceda algo distinto.

Recrear la esperanza es dejar que nos duela el mundo… Si a nosotros nos duele la historia, si nos duele la sangre del mundo, la violencia, el atropello, la injusticia…, ¡cuánto más le dolerá a Dios! Cuando nos duele, significa que nos empezamos a conectar con el corazón de Dios, con la fuente de la esperanza. Es bueno estar conectados con esa mirada de Dios, con ese llanto de Jesús, que llora sobre Jerusalén, por su cerrazón a la paz, por una religión caduca, que ya no produce vida, que ya no es capaz de generar una vida más plena y feliz. También nosotros nos dolemos y lloramos por tantas cosas decadentes, agotadas y vacías. Pero, conectados al corazón de Dios, no consideramos este mundo perdido, ni pensamos que esta historia va a la deriva o está fatalmente malograda. Estamos seguros de su amor y confiamos en que Jesús ha vencido y es Señor de la historia.

Recrear la esperanza es aprender a mirar de otra manera. Pienso que la esperanza tiene que ver, en buena parte, con formarnos una nueva sensibilidad, con aprender una nueva manera de mirar. Nos sorprendemos entonces al descubrir cómo, en medio de una realidad que parece oscura y desastrosa, ahí donde no parece haber ninguna huella de Dios, en realidad estaba presente, pero no lo habíamos captado. Entonces exclamamos, como Jacob, después de aquel sueño misterioso: «¡Dios estaba aquí, y no me había dado cuenta!»

Y empezaremos a darnos cuenta de esa presencia suya misteriosa, discreta, callada. De un Dios que no llega a nuestra historia de una manera vistosa ni con espectaculares. No tiene ninguna intención de deslumbrarnos ni apantallarnos. Se acerca a nosotros de manera respetuosa y callada, regalándonos señales de su cariño. Llega a nosotros a través de señales muy discretas. Es éste el estilo del Dios.

Se trata, entonces, de recrear la mirada, de afinar el oído. La espiritualidad cristiana, en buena medida, es esa sensibilidad para captar signos. En la medida en que vamos adivinando sus señales y aprendemos a percibir su presencia, crece nuestra capacidad contemplativa y se va recreando la esperanza.

Recrear la esperanza es alegrarnos de tanto bien y tanta vida que hay en el mundo. Aunque el bien y la vida sean menos vistosos y menos ruidosos que el mal.

Nos despistamos del espíritu del adviento si lo consideramos únicamente como un tiempo de preparación a la Navidad. Como si el Adviento fuera esperar algo que no ha acontecido. O bien, simplemente recordar, lanzar la mirada hacia atrás, hacia una historia ya pasada. Tampoco se trata de poner la mirada en un futuro incierto, en la segunda venida de Jesús, aunque esto sea parte de nuestra fe… Dios no tiene que venir de ninguna parte. Está ya aquí. En todo caso, viene de dentro. De dentro de nosotros y de la realidad, de dentro de esta historia nuestra, de nuestros encuentros… Ya está, y nos hace y guiños a través de tantos brotes de vida, de bien, de justicia, de misericordia…

Será adviento en la medida en que con una mirada limpia y transformada descubramos la discreta y cariñosa presencia de Dios. Ciertamente su presencia es frágil. Es tan fácil dejar de sentirlo, es tan fácil quitarle del centro, dejarlo olvidado, cerrarle la puerta. Nuestro Dios, tan cercano y tan ausente, tan necesitado y tan repudiado, tan ignorado y tan patéticamente deseado, tan nombrado y tan desconocido. Vive en la médula de mis huesos, en las raíces de mi alma y en el aliento que respiro… Y, sin embargo, qué fácil es alejarse de Él y renegar de su presencia. Lo busco para luego abandonarle. Dios de mi añoranza y mi presencia, el que está en cada latido, que persigue siempre, acecha siempre;

mi Dios discreto, que no avasalla, es, respeta hasta el exceso. Un Dios escondido, que quiere ser buscado, que quiere ser encontrado, apasionadamente, como se busca un tesoro… Que se esconde frecuentemente en las mil adversidades, circunstancias y contrariedades humanas; que es denso, fuerte, irradiador, pero sólo lo encuentran los que quieren verlo, y que nunca está en la huida ni hacia fuera, sino hacia dentro.

Dios es la respuesta a todas nuestras preguntas, la llave que abre todos los cerrojos, pero sólo si jugamos a su juego… Vamos por la vida y tenemos mil excusas para no volvernos a Dios, aferrados a cosas inútiles que llevamos dentro, agarrados a rutinas y perezas, a cosas que nos sobran y nos atan.

Bendito seas, Dios pequeño, dios frágil, que permites que te honre nombrándote en minúscula… Dios pequeño, niño indefenso en manos de María, en manos de esta historia nuestra, apasionante, magnífica, dolorosa y trágica…

Muchas distracciones nos pueden impedir descubrir su paso. Pero él sigue estando ahí, con una cercanía que nunca es invasora ni impuesta. Para descubrirla se requiere hacer silencio, detenernos, abrir el corazón… De otro modo, podemos pasar insensibles al lado de las maravillas de Dios mientras caminamos desenfrenados por la vida…

Recrear la esperanza es no dejarnos derrotar por el desaliento, ni por todos los motivos de tristeza y desencanto que nos asaltan. Es bueno que nos duela la historia, pero también es necesario dejarnos alegrar por la multiforme presencia del Señor, discreta, cariñosa y permanente.

Me encanta este pensamiento de Paul Ricoeur: «La esperanza viene a nosotros vestida de harapos para que le confeccionemos un vestido de fiesta». Esta imagen nos hace pensar que la esperanza es un comienzo pequeño, frágil y pobre, que se refugia en nuestras manos, temblorosa y desvalida. Nos ayuda, pero pareciera que más bien pide nuestra ayuda para que le pongamos el vestido de fiesta y así volverse la alegre seductora de nuestro mundo.

La Biblia nos presenta muchos casos de situaciones de cansancio, miedo, hambre y sed. Hombres y mujeres a punto de rendirse, desanimados, desencantados. Y Dios interviene en ese estilo que le es tan propio: a través de signos pequeños. La esperanza viene humilde, casi andrajosa, vestida de harapos: un poco de agua y un pan, ofrecidos a un Elías deprimido…, una palabra de aliento, una caricia… un pequeño grano de mostaza, una levadura, cinco panes y dos peces, un sueño que advierte a José que no dude en tomar a María como esposa… Viene como un encuentro, un amigo, una llamada telefónica, un sms cuando estabas a punto de rendirte, una palabra escuchada en la radio, leída en un libro, una luz interior…

Viene con la humanidad de Jesús, frágil y vulnerable; con la impotencia de la cruz… Llega haciéndose pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza (2Cor 8,9). Dios nos enriquece con la humanidad de Jesús, con esa vida plena que sigue siendo fascinante y que es para nosotros esperanza y promesa.

Dice Bonhoeffer que «El Señor no salva del sufrimiento, sino en el sufrimiento; protege no del dolor, sino en el dolor; nos defiende no de la muerte, sino en la muerte». Nos hace ricos, pero con la pobreza de los pequeños signos. Nos da la luz, pero sólo la necesaria para dar el siguiente paso. El resto del horizonte nos aparece oscuro, pero sabemos que él está ahí, y nos dará la luz cuando necesitemos dar un paso más. El milagro más verdadero es la capacidad del ser humano para avanzar por esta vida sin milagros, para vivir a pulso lento los afanes diarios, sin brillos, sin cosas vistosas, pero con la certeza de la presencia de Dios que nos acompaña, amorosamente fiel.

La esperanza viene vestida de harapos, sin hacer ruido en los telediarios y en los espectaculares. Llega en letra pequeña, en silencio, sencilla y mansa. Pareciera que esta historia la hacen los grandes, los importantes, los que tienen influencia y poder. Pareciera que el dinero y las armas mandan en el mundo, que el poder lo tienen los que controlan los mercados y mueven los hilos de la economía mundial… Pero nosotros sabemos que la historia la tiene Dios en sus manos, que Jesús es el Señor de la historia y que ya la victoria está conseguida. Y que en realidad la historia la hacen los que esperan, los que siguen soñando, los que están trabajando para ponerle el vestido de fiesta a esta pequeña esperanza que llega vestida de harapos…

Recrear la esperanza es descifrar los signos de Dios en las situaciones oscuras, en los rostros de los que sufren, en los procesos de deshumanización y deterioro de la vida, en la inclemencia del mundo, en las dimensiones de la cultura donde se prescinde de Dios… Recrear la esperanza es igualmente dejarnos alegrar por todas las expresiones de un futuro más humano. Por todas las organizaciones y redes de comunicación en las que circulan signos de solidaridad sin precedentes. Por los grupos humanos que se oponen a la guerra, por los que van en ayuda de las víctimas, incluso poniendo en riesgo su vida, por los que promueven la ecología… La historia de la humanidad y la historia de la iglesia están llenas de nombres proféticos y visionarios.

Recrear la esperanza es estar despiertos para dejarnos sorprender por ese Dios que llega en los pequeños sacramentos de lo cotidiano. A veces son detalles mínimos, casi imperceptibles, en minúscula y letra pequeña: una mirada, un saludo, un regalo, una súplica, un paisaje, un chiste, una broma, una compañía amiga, un nombre nuevo… pueden ser experiencias intensas de encuentro con Dios. Vimos inmersos en el misterio de Dios, y el misterio de Dios vive en cada uno de nosotros, que somos su templo…

En la medida en que descubrimos a Dios presente en la realidad concreta y le damos nombre a sus acciones, vamos conociendo mejor su estilo, sus modos, su pedagogía, su música, su color, su brisa, su sabor… Aprendemos a «gustar qué bueno es el Señor». Y crece nuestra capacidad de anhelarlo, esperarlo y acogerlo.

Recrear la esperanza es fomentar una sensibilidad para comenzar cada día de nuevo. El mayor motivo de nuestra esperanza es Jesús resucitado. Sentimos su presencia en nuestro corazón, que nos motiva a renacer cada día, a resurgir, a levantarnos cada mañana decididos a combatir la muerte cotidiana dentro de nosotros y también a luchar contra todo aquello que mata o sofoca la vida.

Recrear la esperanza es no desanimarnos cuando la realidad no es todavía como la soñábamos. No nos rendimos. La esperanza está todavía «vestida de harapos». El evangelio no acaba todavía de transfigurar la historia. Sin embargo, nosotros seguimos tercos, tratando de tejer un hilo de luz, para añadirlo al tejido del «vestido de fiesta» que le queremos confeccionar a la esperanza.

Hay muchos que están colaborando para tejerle este vestido a la niña esperanza. Tantos hombres y mujeres que confían en la fuerza de la debilidad, que tienen fe en la grandeza de lo pequeño… Los que pasan por esta vida resplandiendo por un instante, aunque nadie los mire; la madre que espera toda la noche y sigue esperando aunque su hijo no se haya curado; la esposa que sigue esperando al marido, aunque éste no haya vuelto; la florecita que brotó en el bosque, aunque nadie la haya visto ni haya disfrutado su perfume; el jilguero que canta a todo pulmón, sin preocuparse de si alguien lo escucha; el monje que ora en el silencio de un monasterio, aunque nadie llegue a enterarse de ello… Ellos están confeccionando el vestido de fiesta, de esposa, a nuestra tierra. El vestido de harapos se va transformando gracias a todos esos que creen en el inmenso valor de pequeño.

Nos hace bien recordar que a nosotros nos toca sembrar. No debemos estar demasiado preocupados por recoger o cosechar. En lo que hay que derrochar es en la siembra. Sembrar cada día y en cada estación, saltar de la cama motivados para la batalla, para dejar atrás lo viejo y apostar por la novedad que nos habita, por lo germinal que siempre está viniendo. Levantarnos cada día decididos a creer en el valor infinito de los comienzos, de lo pequeño, de lo humilde.

Sembrar es una profunda y enorme responsabilidad. Florecer y regalar belleza en un ambiente de aridez y fealdad es el mejor don que podemos hacer a nuestro mundo. Eso es colaborar para tejerle el vestido de fiesta a la pequeña esperanza que llega con un vestido de harapos.

¡Feliz Adviento! Que María te acompañe y te enseñe a alegrarte en el Dios que te ha mirado con tanto amor.

Con mucho cariño,

Marcos, msps

Te dejo con este texto del P. Benjamín González Buelta. Creo que seguirá motivando tu esperanza.

«La posibilidad de sentirse en el mundo de manera nueva y de actuar creando el futuro, surge de una contemplación que nos permite descubrir a Dios trabajando en el mundo entero desde una discreción infinita. El mal se impone con la brutalidad de la traición y de la sangre derramada, se expresa con grandes titulares en la primera página de los periódicos, estalla en las pantallas. La acción de Dios en el mundo es tan discreta como una cuna que acoge lo recién nacido, tan constante como el lento crecer de las caobas en la soledad del monte, tan fiel como un apellido que se transmite de generación en generación. El místico de ojos abiertos bebe de los más humildes sacramentos que el Señor de la historia le acerca a sus sentidos»

[Benjamín González Buelta, Ver o perecer, p. 172].

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