¡Griten!

Vicente Monroy, msps

«La voz del profeta dice: ¡”Griten”! Y yo le respondo: “¿Qué debo gritar?”» (Is 40,6).

Quiero gritarle a este mundo nuestro que vive prácticamente de espaldas o indiferente a Dios, que destruye de múltiples maneras la dignidad del ser humano, sin medir el dolor que provoca.

Quiero atraer con fuerza la atención de aquellas personas a las que les da exactamente igual creer o no creer, que parecen no necesitar ya de Dios, sin darse cuenta de lo que se están perdiendo.

Quiero exclamar llorando que la muerte de Dios en nuestras vidas está trayendo consigo la muerte del hombre y la desaparición paulatina de nuestra casa, la tierra.

Quiero clamar que nuestro individualismo egocéntrico y nuestro mundo consumista y extravertido sólo nos encierra en nosotros mismos y en nuestras contradicciones y miserias.

Quiero pregonar la luz de nuestras conciencias y abrir caminos a nuestros conflictos y contradicciones. Quiero vocear la fraternidad y la solidaridad, quiero ser heraldo y proclamar la esperanza cierta y un horizonte de vida que se eterniza.

¿Cómo lo voy a gritar?, ¿qué voy a gritar, si Tú, Padre, no me gritas Tu Palabra y la pronuncias en mi corazón; si Tú, Padre, no dices a tu Verbo encarnado en mis entrañas y en la fragilidad de mi carne?.

Que tu Espíritu diga en mí tu Palabra para que Ésta se realice en mí y, entonces sí, yo pueda gritar JESÚS a quienes me rodean y me son entrañables, y a mi Iglesia amada, y a mi mundo querido.

Padre, yo he escuchado tu Palabra pronunciada, que me compartió su alegría y que me dice que soy tu hijo muy querido y quiero gritársela al mundo, como Jesús me la compartió a mí.

En la fragilidad de nuestra carne Jesús sacerdote y víctima me lleva a la intimidad del amor y la amistad divinas. Entonces, en la pequeñez del Niño Jesús y en la sabiduría de la Cruz recibo la fuerza para no arredrarme en la muerte, ni en las penas. Allí la Palabra encarnada me dice que mi presente reposa en su pesebre y mi futuro se gesta desde su cruz. En la Mesa compartida me grita la comunión y el servicio a los pequeños.

El amor y la esperanza que me proporciona, generan en mí la fe radical en su gran bondad y su inmensa misericordia que me traen la confianza nacida en el amor de Belén.

Grítame Padre, con tu Espíritu, al Verbo encarnado para poder anunciarlo a todos, con la fuerza y la autenticidad de su presencia en mí. Que mi existencia transformada por Él grite: ¡déjalo acercarse a la intimidad de tu corazón; deja que te muestre los abismos sin fondo de su ternura!

Dime tu Palabra, Padre, para poder decir: « ¡no temas! Si lo has ofendido, Él es el perdón de Dios; en Él tienes a tu hermano mayor que te tiende, desde Belén hasta la Cruz, sus brazos para acogerte, salvarte, protegerte, acariciarte».

P. Vicente Monroy, msps

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