Habla un discípulo de Jesús en el cenáculo

P. Eduardo Suanzes,msps

Es de noche; ya han pasado tres días desde que se enterró a Jesús. Nosotros ni siquiera estuvimos en el Calvario, sólo Juan. El pavor nos dispersó. Seguimos aterrados, con nuestras esperanzas muertas y nuestras ilusiones en ese Reino que Jesús nos prometió totalmente perdidas. ¿En dónde ha quedado todo? El miedo nos ha reunido de nuevo en esta habitación alta, donde cenamos juntos hace cuatro días. No sé por qué hemos venido aquí: tal vez porque este fue el último sitio en el que todos estuvimos con Jesús y nos dijo tantas cosas…, y fuimos tan felices. Si hicieron eso con Jesús, qué no harán con nosotros si nos descubren. Por eso tenemos las puertas bien atrancadas por si se enteran que estamos aquí.

Es increíble lo que hace el miedo. Nunca habíamos sentido esta experiencia tan devastadora porque siempre estábamos con Él, o al menos eso creíamos. Ahora que se ha ido estamos atenazados.

Nos falta uno, Tomás. Él, como todos nosotros, salió corriendo cuando Pedro nos dijo que habían apresado a Jesús. Desde que se enteró, desde su escondite,  de cómo  lo habían matado quiere estar solo; dice que no soporta la presencia de nadie. Tal vez se está enfrentando a su propio fondo, a su propio yo, pues recuerdo que fue él quien nos animó a venir a Jerusalén  “a morir con Jesús” (esas fueron sus palabras). Pero todos nos sentimos como él; creo que hace mal queriendo estar solo. Cuando estamos sumergidos en el dolor es bueno buscar la compañía, pues la soledad y el sufrimiento hacen que deformemos la realidad y eso es lo que él está haciendo.

Ahora que estamos en  el mismo lugar de nuestra última cena con Jesús, recordamos una y otra vez las palabras que nos dijo: las repasamos para no olvidarlas. Ahora que no está Tomás recordamos que, cenando, Jesús  nos decía  que se iba al Padre y que nos prepararía un lugar para que estuviéramos con Él. Entonces fue Tomás quien, precisamente,  le preguntó que cómo podríamos saber el camino hacia donde Él iba. Jesús le respondió que Él era el Camino, la Verdad y la Vida…que nadie iba al Padre sino por Él…que si le conociéramos a Él conoceríamos también al Padre…

Él es el Camino…Pero si es el Camino ¿por qué no está aquí? ¿Por qué nos ha dejado solos? Comentamos entre nosotros que nos sentimos como cuando aquella vez que estábamos cruzando el mar de Galilea en aquel bote destartalado…Estábamos en medio de una tormenta terrible, como ahora, y Él dormido en la popa, como si nada, como ausente, como ahora. Le despertamos aterrados diciéndole: « ¿no te importa que perezcamos? » expresándole así nuestra  desesperación, frustración y  reproche porque estábamos impotentes ante la adversidad. Como ahora. Él nos hizo ver, después, que no debíamos considerarle como un fetiche mágico al que se le piden favores y soluciones materiales a través de ritos y oraciones; así somos…, y ahora lo constatamos, porque estamos frustrados en esta adversidad y nos golpea esta calamidad inesperada. La idea equivocada que teníamos de Él, es decir, nuestro fetiche, no ha evitado mágicamente el problema y ahora todos tenemos interiormente un reproche: « ¿es que no te importo nada? ¿Por qué no me evitas el sufrimiento?».

Pedro, desde su tristeza, nos regaña diciéndonos que fue Jesús el que nunca nos dejó solos, como nosotros sí lo hicimos; nos recuerda cómo en aquella ocasión Él, habiéndose despertado, increpo? al viento y dijo al mar, gritando « ¡Calla, enmudece!»;… y el viento se calmó y sobrevino una paz increíble.

Todavía estaba Pedro hablando cuando una inmensa paz sentimos en lo profundo de nuestro corazón. Era Él, en medio de nosotros. Era como si aquel episodio de la barca fuera una profecía de lo que  ahora estaba pasando. Paz, una paz profunda y Él en medio de nosotros, aunque la tormenta estuviera presente.

No, no era magia, no era nuestro fetiche de Jesús, porque inmediatamente no enseñó las manos y el costado. Era como si nos estuviera diciendo que el Jesús que recorrió su camino de donación haciendo frente a las duras pruebas que le esperaban es el mismo que había resucitado, que no podíamos separar una cosa de la otra, que era el mismo el que murió y el que ahora nos sumergía en la paz.

Nos volvió a decir que tuviéramos paz y, de pronto, sopló sobre nosotros diciéndonos que nos daba el Espíritu Santo. Era como aquel episodio del Libro del Génesis en la creación del hombre en que Dios sopló sobre el barro. Sentimos que éramos re-creados, de repente, en hombres nuevos. Pero, al ensañarnos las heridas, nos recordaba que debíamos caminar como él camino?, es decir, dándonos, haciéndonos  últimos y abrazando la cruz muchas veces. Ese Jesús del camino difícil y arriesgado nos ayudará a hacer con paz nuestro camino difícil y arriesgado. Nos estaba diciendo que no podíamos esperar de él que nos evite lo que él no evito? en su propio camino. Caímos en la cuenta de que sólo cuando vimos a Jesús Resucitado en medio de nosotros, fue cuando nos transformamos en seres nuevos. Recuperamos la paz, y desaparecieron nuestros miedos. Nos llenamos de una alegría desconocida y experimentamos el aliento de Jesús sobre nosotros. Entonces fuimos capaces de abrir nuestras puertas atrancadas, porque nos sentimos enviados a vivir la misma misión que Jesús había recibido del Padre.

Salimos y yo me encargué de ir por Tomás. No veía la hora de decírselo: que no había lugar para el miedo y la desesperación; que ya todo tenía sentido porque Él estaba en medio de nosotros, porque era verdad: ¡había resucitado!

He de decirles que Tomás, es el arquetipo del hombre pragmático, del  discípulo que se resiste a creer. Y así fue: comenzó a ponerme un montón de condiciones.

Ocho días más tarde  estábamos  en el mismo lugar; ahora, también con Tomas. Nada más aparecer Jesús resucitado se dirigió a él con una llamada que no  podía esquivar, porque no había en ella ningún atisbo de reproche o enojo, sino solo una invitación amorosa: “No seas incrédulo, sino creyente”. Y es que Tomás llevaba una semana negándose a creer.

De pronto, Tomás dijo algo inaudito y sorprendente, porque sin hacer ningún ademán de ejecutar las condiciones que él había puesto, se acercó  a Jesús y cayó de rodillas ante Él. Entonces oímos la profesión de fe más solemne y profunda que nadie pudo decir jamás: “Señor mío y Dios mío”.

Muchas veces le he preguntado a Tomás qué pasó en su interior para decir aquello. Muchas veces he querido saber qué fue lo que le transformó de aquella manera; qué camino interior recorrió de repente para arrodillarse ante el resucitado y, viendo sus heridas, decir aquello de “Señor mío y Dios mío”, de una forma que a todos nos desarmó en el alma. Cuando le pregunto, él solo inclina la cabeza y se pone a llorar. Lo único que dice entre lágrimas es: ¿qué has hecho conmigo? ¿Qué has hecho conmigo? Así que he optado por respetarle y no preguntarle más.

Tal vez a ustedes les pase lo mismo que a Tomas, que con  el tiempo nos hacemos más escépticos, pero también más frágiles. Nos hacemos más críticos, pero también más inseguros. Tal vez necesiten decidir cómo quieren vivir y cómo quieren morir. Yo me atrevo a decirles que lo que necesitan es responder a esa llamada que, tarde o temprano, de manera inesperada o como fruto de un proceso interior, les llegará de Jesús: “No seas incrédulo, sino creyente”.

¿Por qué no enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte confiando en el Amor como última realidad de todo? Esta es la invitación decisiva de Jesús. Más de uno que se dice creyente hoy, siente que su fe se ha ido convirtiendo en algo cada vez más irreal y menos fundamentado.

Un último consejo. No olviden que una persona que desea creer con sinceridad, para Dios es ya creyente. Dios comprende nuestra impotencia y debilidad y tiene sus caminos para encontrarse con cada cual. Solo necesita tu deseo.

P. Eduardo Suanzes, msps

Una respuesta a “Habla un discípulo de Jesús en el cenáculo”

  1. Admiro y quiero mucho.a Conchita y al Padre Felix de Jesus. No pertenezco a la Obra pero desde niña nos llevaban de retiro a Jesus Maria, eran dias tan hermosos de silencio y adoracion. Estuvimos mi esposo y yo en SUMA con el Padre Luis Canche Misionero del Espiritu Santo. Conocimos mas de Conchita , Pancho y su hermosa Familia. El pedia de los beatificaran juntos por ser un modelo de matrimonio. Quiero mucho al Padre Rouger. Tengo un amigo muy querido Gerardo Guerrero, Misionero del.Espiritu Santo. Y estoy feliz desde que escuche que Su Santidad Papa Francisco autorizo la beatificacion de nuestra querida Conchita. Lei Soy Conchita, del Padre Peñalosa, lo disfrute mucho y aprendi mucho la sencillez de Conchita, su amor a Dios, al Espiritu Santo. Ya escribi mucho. Estoy segura es una gran bendicion para Mexico y para San Luis Potosi su beatifucacion, nos traera muchas bendiciones.

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