El «salto mortal» de Pablo en Atenas

P. Eduardo Suanzes, msps

Pablo está en Atenas, durante su segundo viaje y Lucas narra en lo Hechos de los Apóstoles el episodio más importante de este segundo periplo: la evangelización de la que había sido la ciudad más famosa de la Grecia antigua. En la época de Pablo, Atenas ya no era la gloria del mundo antiguo, como lo había sido en los siglos V y IV a.C. Ahora era, desde hace casi 130 años una ciudad del Imperio romano a la que no se le habían respetado sus glorias[1]. La ciudad importante era Corinto (así como la más corrompida del Mediterráneo), llegando a tener mayor importancia política que Atenas. Estamos en el año 51.

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«Como me envió el viviente Padre»

P. Eduardo Suanzes, msps

Dice Jesús: «Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida eterna y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí». Aquí se está hablando de que Jesús vive por el Padre y de que el seguidor de Jesús vivirá por él si lo come. Como Jesús dice que el creyente vivirá de la misma manera que él lo hace por el Padre si lo come, quiere decir Jesús «come» al Padre, porque dice «así también», es decir, de la misma manera.

Para seguir profundizando en esto hay otro matiz que solo en el texto original en griego podemos descubrir; y es que se dice exactamente lo mismo, pero construido de esta forma (lo que interesa es el matiz): «Como me envió el viviente Padre y yo vivo por el Padre, también el que me come, también él[1], vivirá por mí». Es decir, el Padre es «el viviente»

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La santidad: un camino de autenticidad, empatía y bondad

P. Marco Álvarez de Toledo, msps

La santidad, meta de la vida cristiana, puede ser abordada desde diversas perspectivas, vinculándose comúnmente con aspectos personales, espirituales y religiosos. Sin embargo, es crucial considerar cómo la búsqueda de la santidad tiene que abarcar y afectar positivamente el ámbito de las relaciones interpersonales. La santidad ofrece un marco de valores, actitudes y prácticas que apunta -mediante el amor- a la humanización de los vínculos humanos que establecemos con los demás.

La santidad necesita ser confirmada con actitudes visibles y comprobada con comportamientos concretos en el ámbito de las relaciones interpersonales. En otras palabras, el mejor y tal vez único indicador para “medir” la santidad de alguien es observar cómo son sus relaciones con los demás.

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¡Ha resucitado!

P. Vicente Monroy, msps

Las mujeres van al sepulcro desconcertadas, atemorizadas, pero también con una extraña y secreta esperanza.

Y, allí en el sepulcro, todo es novedad, todo se transforma, cambia el mundo entero. Y ellas experimentan aquel mundo renovado que empieza entonces. Porque Jesús, el crucificado, no ha quedado aprisionado por las cadenas de la muerte, una piedra de sepulcro no ha podido retener la fuerza infinita de amor que en la cruz se manifestó de modo tan total, tan sin reservas. Aquel camino fiel de Jesús, aquella entrega constan­te de su vida al servicio de los pobres, aquel combate contra todo mal que ahogara al hombre, aquel amor, aquel amor… ¿cómo podría haber quedado enterrado, muerto allí por siempre?

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CARTA A JUDAS ISCARIOTE. O la historia de una vocación frustrada

Pablo Héctor González Alarcón, msps

Judas, estos días de semana santa me ha impresionado cómo apareces en los pasajes evangélicos y experimento algo de extrañeza porque a pesar de ser mencionado tan frecuentemente en los relatos, casi no recuperamos tu experiencia y pasamos de largo, lo que impide que descubramos cómo estás presente en las luchas de los discípulos de hoy.

Sobre ti hemos construido estereotipos fáciles y simples que nos ayudan a ignorarte en la historia y nos impiden mirar cómo la repetimos. Eres el traidor, el culpable de la muerte de Jesús. Hemos de ignorarte, tenemos el derecho de odiarte por el sufrimiento que le causaste al maestro.

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¡Qué minas de riquezas son las enfermedades!

P. Fernando Torre, msps

El título de este artículo puede resultarnos molesto o, al menos, extraño. ¿¡Cómo que las enfermedades son minas de riquezas!? Más bien, son feas y dolorosas; limitan nuestra capacidad de actuar y de convivir con los demás.

Las enfermedades no son, por sí mismas, minas de riquezas, pero pueden serlo; también pueden ser pozos de amargura. Depende de nosotros. Muchas personas, con ocasión de una enfermedad, se volvieron más humildes, compasivas, pacientes, agradecidas. Otras se hicieron más agresivas, pesimistas, encerradas, depresivas.

Veamos lo que Concepción Cabrera le dice a su hija: «¡Qué pena que esté malita ella![1] […] ¿Cómo sigues? Cúrate sin decir que no a nada, sino a tu propio juicio y querer. ¡Qué minas de riquezas son las enfermedades bien sufridas por Dios!»[2]

Para que las enfermedades sean «minas de riquezas» se necesita que sean «bien sufridas» y «por Dios». Enfermedades «bien sufridas» son las que llevamos con paciencia, haciendo caso a las indicaciones de los médicos o de las personas que nos cuidan, quejándonos lo menos posible de los sufrimientos y molestias o de las deficiencias en la atención que nos dan.

Enfermedades sufridas «por Dios» son las que nos impulsan a pedirle al Espíritu Santo paz, fortaleza y paciencia; las que ofrecemos con amor, junto con la cruz de Jesucristo, por la salvación del mundo y nuestra santificación; las que nos hacen ver a las personas que nos atienden como sacramentos vivos del Padre misericordioso; las que nos hacen experimentar la presencia de María al pie de nuestra cruz.

Las enfermedades nos bajan del pedestal de nuestro orgullo: nos hacen tocar con la mano nuestra vulnerabilidad y limitación, nos hacen ver la necesidad que tenemos de los demás, nos recuerdan que algún día moriremos. Por eso, pueden ser «minas de riquezas».

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Tomado del libro: F. Torre, Con todo el fuego de tu corazón, La Cruz, México 2021.

¡Un abrazo muy fuerte, querido Fernando!

 

[1] “Ella”: la misma Teresa de María.

[2] Carta probablemente de mayo 1909. C. Cabrera, Cartas a Teresa de María Inmaculada, México 1989. p. 48.