10 de enero. En el 80º Aniversario de la muerte del P. Félix

Cómo era el P. Félix

Concepción Cabrera de Armida

De veras, ¡Dios mío!, Tú sabes que no tengo del padre Félix sino ejemplos que imitar. Su respeto fue profundo hasta el último momento.

Su docilidad admirable, pronta y constante a la menor indicación.

Siempre obediente.

Siempre tierno para los pobres y para toda aflicción, en donde quiera que la veía.

Siempre desprendido de los bienes terrenos, caritativo, complaciente, y dispuesto a cualquier sacrificio.

Prudente y suave con los suyos. Con un dominio propio a toda prueba.

Conmigo fue igual, sin cambiar jamás, desde el primer instante en que nos conocimos hasta al despedirnos, quizá para siempre[1].

El fuego del amor divino que ardía en su corazón era constante, y yo me admiraba de su fuerza y ternura sin igual.

Tiene el don de lágrimas que brotan a menudo de sus ojos, y al mismo tiempo, para los grandes sacrificios, una virilidad, un dominio propio admirables.

Desprecia a su persona, y ama al prójimo.

Es inteligente, y oculta su viveza con la capa de la humildad más profunda.

Jamás en año y 4 meses, vi en su alma un solo pecado venial, y aún en lo de imperfecciones, veía que buscaba siempre el hacer lo más perfecto.

La actividad es su centro.

Sus días en México fueron llenos de buenas obras, siempre haciendo el bien, siempre consolando, ayudando y enjugando lágrimas.

En la Penitenciaría, cuando iba a confesar a algún reo, me platicaba que después le besaba los pies.

¡Oh Dios mío, Dios mío!, tantas virtudes y cualidades, tan bella alma, que sea cuanto antes de las Obras de la Cruz, que les pertenezca por completo, ya que ellas son su sangre y su vida. Tú las pusiste en su alma, Tú lo heriste Vida mía, y desde ese instante su amor a Ti, creció, creció, desarrollándose, y la sed de sacrificios lo dominó por completo.

Tú ves, eres testigo del bien que se ha obrado en su alma; de su ansia de pureza, de su sed de sacrificio,  de su hambre de perfección y de ser más tuyo.

Las últimas palabras del padre Félix  al partir, fueron estas: «Yo quiero todo lo que Jesús quiera, lo que sea su gusto, su complacencia, su simple deseo, aunque yo me sacrifique hasta la muerte.»

Concepción Cabrera de Armida
16 de julio de 1904

 

[1] El P. Félix está a punto de partir para Europa a ponerse a disposición de sus superiores Maristas

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