A propósito de la conversión de Pablo: Dar un «golpe de timón»

P. Eduardo Suanzes, msps

 

En la vida espiritual, en la vida de todo aquel que quiere seguir a Jesús, se han de dar frecuentes «golpes de timón». Son esos cambios bruscos y decididos de rumbo que el timonel de un barco ha de efectuar si quiere que la nave no sucumba en la tormenta; o, por el contrario, si quiere evitar que su nave entre y permanezca apática y quieta en un mar de calma chicha, como balsa de aceite, y se quede ahí, sin movimiento, siempre en el mismo punto.

Son dos peligros del seguidor de Jesús: el sucumbir ante la tormenta porque nuestra fe no está fundamentada solo en Cristo, y entonces gritamos eso de: « ¡Señor, Señor, sálvame que perezco, que me hundo!; yo pensé que lo lograría, pero siempre no, Señor. Confiaba en mis fuerzas, en mis recursos, en lo que soy, pero me hundo, Señor; yo creía…, me imaginaba que…, pero me siento solo y abatido; no encuentro la luz y el sinsentido lo envuelve todo…. Es de noche y me asusto, y mi pie no toca fondo, no tengo apoyo…¿Sabes qué? ¡Que no aguanto más. Ahí te quedas!». O, por el contrario (lo que es peor): vivir permanentemente es un mar de calma chicha, apáticos y acostumbrados a nuestra vida regalada, dejándonos llevar solo por el viento que toque en ese momento, sin preocuparnos por navegar hacia el horizonte con brío y entrega, sin desplegar todas nuestras velas para que el viento del Espíritu sople con fuerza sobre ellas y sin poner, de igual manera, toda la tripulación (es decir, nuestros recursos humanos) en movimiento para lograr que ese Espíritu encuentre todo a punto y pueda realizar sobre nosotros la obra que Él quiera realizar.

Pero también se puede dar otra circunstancia. Hay un tercer peligro. A veces puede suceder que hayamos puesto todos nuestros recursos en funcionamiento pero solo para perseguir el fin que nosotros queremos. Las velas continúan amarradas a los mástiles de nuestra embarcación, o las eliminamos, y empleamos todos los medios artificiales a nuestro alcance para que la nave tome velocidad, ¡y lo logramos!: la dotamos de una sala de máquinas último modelo, de una potencia increíble, y la nave realiza su singladura, pero no impulsada por el viento del Espíritu y, por tanto, hacia un rumbo y un puerto desconocidos…, equivocados. Nos preocupamos por los recursos estratégicos, de la técnica y del dinero (por supuesto, siempre revestidos de justificaciones espirituales) que junto con nuestras habilidades propias conforman nuestro único quehacer religioso, abandonando poco a poco la contemplación y la entrega definitiva sin condiciones. Y esto es lo que le pasaba a Pablo. El todavía fariseo necesitaba desplegar sus velas, dejarse mover por el Espíritu y no por la Ley.

Y entonces él dio un golpe de timón. En la carta a los Filipenses, describe su vida antes y después de su encuentro con Cristo. Dice: «Circuncidado el octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo e hijo de hebreos, y en cuanto a la Ley fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la Iglesia; en cuanto a la justicia de la Ley, intachable» (Fp 3,5-7) . En la Biblia justicia es sinónimo de santidad. Por tanto lo que Pablo está diciendo es que «en cuanto a la santidad de la ley yo era intachable» Es decir, que era perfecto, sin tacha. ¡Era fantástico!

Pablo era, pues, uno que había puesto todos sus recursos en funcionamiento, con dedicación y entrega, pero seguía el rumbo y el puerto que él entendía, al margen del Espíritu. Tenía sus velas amarradas, sin desplegar. Trataba de hacerse santo con sus propias fuerzas, con los medios que él se había puesto, con la observancia de la Ley, en su caso. Era incluso un hombre irreprensible. Para él seguir a Dios era un asunto de codos, de esfuerzo, de estrategias: perseguir a los del Camino. y para ello: pedir cartas al sumo sacerdote, ir a Damasco, traérselos presos a Jerusalén… Como tantas veces hacemos nosotros, calculándolo todo y quedándonos  solo con eso.

Pero un día encontró a Cristo resucitado y miren cómo describe él mismo lo que le pasó después: «Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo y ser hallado en Él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios apoyada en la fe»(Fp 3,7-9 ).

Pablo ha dado el «golpe de timón» en su vida: ha arrojado su pequeña santidad y se ha apresurado a apoderarse de la gran santidad de Cristo. No nos imaginemos cosas extrañas en el camino de Damasco. El texto no nos dice que Pablo vio a Cristo: nos dice que una luz del cielo lo envolvió y que oyó una voz con el relato que ya conocemos. Por pura misericordia de Dios, Pablo cayó en la luz y se sumergió en ella. Ahí escuchó la voz y supo escucharla porque había tocado fondo. Fue como si, de pronto, Alguien cortara las amarras de sus velas atadas a los mástiles de su nave e hiciera saltar por los aires la sala de máquinas de su embarcación. Su nave cambió de rumbo y él quedó ciego para todo lo que no era Cristo, y este Resucitado.

Imaginemos a un hombre que camina de noche1, a través de un bosque, a la débil luz de una candela; tiene cuidado de que no se apague, porque es todo lo que tiene para abrirse camino… esa era la vida de Pablo, esa puede ser nuestra vida religiosa. Éste hombre sigue avanzando y llega el alba, en el horizonte surge el sol…, su candela palidece cada vez más, hasta que no se da cuenta siquiera de que la lleva en la mano y la arroja.

Así le ocurrió a Pablo. La candela o el pabilo vacilante era para él su justicia, su santidad perfecta e irreprochable. Un buen día apareció en el horizonte de la vida de Pablo (y también en nuestra vida) el Sol de Justicia e inmediatamente su justicia le pareció pérdida, basura… Desde aquel momento, ya no quiso ser hallado con «su santidad» sino con la de Cristo.

Él iba a Damasco (Cfr. Hech 9, 1-20) para atrapar a los que habían entrado en el Camino; y resulta que él en su camino personal a Damasco se encuentra con el que había dicho de sí mismo: «Yo soy el Camino»(Jn 14,6) . El “golpe de timón” significa dejar tu camino, abandonarlo definitivamente, quedarte ciego para él y abrazar al que es el Camino.

No pensemos, ni por un momento, que el “golpe de timón” no trae consecuencias: trae irremisiblemente la cruz. Por eso le dice Jesús a Ananías en Damasco: «Yo mostraré a Pablo lo que ha de padecer por mi causa» (Hech 9,16). El soplo del Espíritu Santo sobre nuestras velas desplegadas es eficaz solo si las velas están firmemente dispuestas. Si una vela la sueltas “a su aire” sin estar convenientemente dispuesta, es decir, sujeta con las escotas y drizas (esas cuerdas que la sujetan al mástil y a la embarcación) el viento no puede impulsar el barco. La cruz es la condición, el nido, la predisposición que el Espíritu Santo necesita para crear el impulso, a su soplo, sobre nuestras velas abiertas. La cruz es el único camino que Jesús conoce y que no se puede minimizar, suavizar. Nada podrá hacer el Espíritu Santo en nuestra vida si no nos decidimos, con alegría, a abrazar la cruz en todas sus formas. El seguidor de Jesús, el Apóstol de la Cruz, no debe tener miedo a la Cruz, pero a la Cruz de Jesús, esa que hace que nos entreguemos solo por amor, sin esperar nada a cambio. Nada.

Una vida religiosa sin cruz se convierte en una vida apática, mediocre, sin gracia y sin sal. Fijémonos, por ejemplo, en la figura de Ramón Ibarra y González, un apóstol de la Cruz de Jesús, primer arzobispo de Puebla, primer Misionero del Espíritu Santo, pues hizo sus votos en esta Congregación. De él dijo Jesús a la Sra. Concepción Cabrera de Armida:

«Su báculo será una Cruz, y su vida y su muerte, Cruz: él levantará su estandarte, la Cruz, y será padre de muchos hijos. Le tengo destinado a grandes cosas, y me dará gloria y hará que otros me la den, siendo Cruz, y por medio de la Cruz. Quiero que trabaje con empeño […] para ser fiel retrato de mi Cruz y espejo de otras Cruces vivas»2

Él supo recorrer el camino. A veces nos quejamos de que no tenemos vocaciones, que la vida religiosa y sacerdotal vive una crisis. Hoy precisamente se necesita que vivamos la cruz, justamente porque el mundo con más fuerza la rechaza. Es necesario que, desplegadas las velas, que son los dones del Espíritu Santo (que ya poseemos desde nuestro bautismo) las sujetemos convenientemente al mástil de nuestro barco. Eso es lo que hace la cruz. Es necesario recorrer el camino a Damasco, es necesario dar un “golpe de timón” en nuestras vidas, es necesario desplegar nuestras velas y que el Espíritu Santo las impulse con todo su poder porque encuentra en nuestro corazón su nido más preciado: la cruz. Solo el Espíritu Santo podrá habitar en un corazón que sea cruz.

P. Eduardo Suanzes, msps

 

  1. Cfr. Rainiero Cantalamessa. La santidad
  2. Concepción Cabrera de Armida. Cuenta de Conciencia, 6,72; 28 de abril de 1895

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