Así, «de repente». Comentando con Dolores Aleixandre

P. Sergio García, msps

«Así, ´de repente´» el texto subraya la irrupción del himno de los ángeles como una iluminación súbita, como un cambio cualitativo de conciencia. “De pronto”, “de repente”, el que andaba titubeando se encuentra como una roca bajo sus pies, al que caminaba aterido de frío se le abren las puertas de un hogar caliente; el que creía no ser significativo para nadie se entera con asombro que es objeto de una ternura que lo acoge.

En aquel descampado de Belén los pastores y todos nosotros, humanidad extendida por el ancho mundo y dilatada a lo largo de los siglos, recibimos un nombre: “somos aquellos en quienes Dios tiene puestos su amor, su complacencia, su deseo, su alegría”. Nuestra sed febril de ser aceptados y queridos se sacia en esta noche.

A Dios le caemos bien, le caemos en gracia. No porque nos lo hayamos ganado a pulso, a base de esfuerzo, cumplimientos y tendencias a la perfección; sino porque Dios es amor, es decir que no puede dejar de querernos, como no puede el sol dejar de dar luz, calor. Ni las entrañas de una madre dejar de estremecerse ante sus hijos.

A nosotros, en primera instancia, solo se nos pide dejarnos querer; creer que somos aceptados, aceptar que somos amados. Movernos como pececitos despreocupados en el ancho mar. Ese amor que nos envuelve. Lo sabemos: los bienes más preciosos no pueden ser buscados, sino recibidos; no pueden ser tomados, sino acogidos…” (Dolores Aleixandre)

Así recibimos a Jesús, nuestro Jesús, ¡para siempre nuestro Jesús! Es Navidad. Y María pasea sus hermosos ojos sobre nuestros brazos para saber dónde va a depositar a su hijito, como lo hiciera entonces en el pesebre. José, no se atreve a hablar, al tomar al Niño sabe que es su hijo. También nos mira con la grandeza de un alma que sabe guardar silencio ante el misterio.

Tenemos alma y corazón de pastores, nos abrimos “de repente” al asombro; la vida entera se nos llena de luz; la historia toda empieza a clarear en un nuevo sol de justicia y paz. Tenemos pies de pastores, expertos en noches en vela, porque “de repente” pueden irrumpir los ángeles y con ellos el canto, el grito de júbilo. Resuena en el cosmos lo inaudito hasta ahora.

Así “de repente” la familia, la primera familia se sitúa en el punto de partida de toda vida, de toda dicha, de toda unión, de todo amor, de toda fecundidad. Es la mejor noticia que se puede esperar de la mano de una familia.

“De repente” lo imposible es posible. “De pronto” es nuestra toda la vida. Sin imaginarlo siquiera todo Dios es criatura, inquieto niño que llora porque lo han puesto en un pesebre, para ser tomado por todos los brazos de la humanidad.

Entre tantos brazos no podemos con él, con ser tan chiquito pesa demasiado; tenemos que recurrir a la que lo pudo llevar nueve meses dentro para que nos diga cómo podemos cargar con este Niño toda la vida y luego darlo a todos. Ella nos dice: solamente dile que “si” y el milagro se realiza, “de repente” ya podemos cargarlo, llevarlo, gritarlo, anunciarlo, amarlo.

Una mujer, “de repente” dijo que si y puso en movimiento cielo y tierra. Solo la mujer puede hacerlo. Antes de hablar del niño y del papá quiero hablar de la mamá, de la mujer.

María es la más humana de las humanas, para engrandecer a María no tenemos que hacerla “divina”, porque “divino” solo Dios. María es la reserva de la humanidad, es la humanidad cumplida. Esto es muy grande. Solo la mujer por ser mujer puede ser humana, ser plenitud de humanidad.

María tiene tres prerrogativas únicas. Pero no como gracias en exclusiva sino para decirnos a la humanidad que estamos llamados a ser plenitud de lo humano, creado eso sí, a imagen y semejanza de Dios.

María es virgen. La virginidad entendida como algo mucho más de lo que normalmente decimos que una mujer “todavía es virgen”. La virginidad, hay una virginidad que nunca se pierde porque virginidad es ese espacio que Dios se reserva para sí mismo en exclusiva.

María es inmaculada en su concepción. Normalmente hay confusión entre virginidad y la inmaculada concepción. Esta quiere decir que nunca hubo en María algo que no estuviera habitado por Dios. Desde su nacimiento ella es toda de Dios. Inmaculada, sin pecado. Como Eva en el Paraíso, pero antes del pecado. Ella, con su hijo vencerá a la serpiente.

María es subida al cielo, que es solamente la consecuencia lógica de lo anterior. De principio a fin María es de Dios. Su historia es una historia de Dios con nosotros. La humanidad tiene en María su medida, su vocación, su medalla de oro. Se trata de la glorificación de la materia como ninguna religión se ha atrevido a hacerlo. La carne de María es glorificada como la de Jesús que es carne de su carne. Esto es sublime.

Sigamos con los “de repentes de Dios”: “De repente” Dios, Jesús le dice “si” al Padre y nos carga a todos, sin dejar ni uno por el camino, porque ya desde ahora también nosotros somos carne de su carne y sangre de su sangre y eso no se puede quedar por ahí. Hechura suya somos, precio definitivo de su primera lágrima la noche de Navidad.

Y, esta noche, “de repente”, tan pronto como la vida misma, es Navidad – Navi “dar”.

María, madre de la navidad, empieza a experimentar lo que significa decirle “si” a Dios, empiezan los ángeles a cantar, los pastores a correr, los niños a vivir, los padres a amar, las estrellas a iluminar, las flores a adornar, las lágrimas a regar tanto desierto, toda vida a oler a eternidad. Es el arquetipo, paradigma de la humanidad. Lo que todo mundo sueña porque lo trae en las entrañas.

Hemos dicho que la mujer nos trasmite las esencias de la humanidad. Pero no solo las esencias de la Creación. Jesús iba bajando por los minerales que formaron su cuerpo, por los vegetales que lo alimentaron, por los genes de la humanidad que lo hicieron posible como verdadero hombre.

A Dios “nadie le ha visto jamás, el Hijo único es el que nos lo ha revelado”. Esto es muy serio e importante, porque solo el verdadero Dios nos puede llevar al verdadero Dios. Y desde esta noche santa de la Navidad nuestro Dios tiene nombre: Se llama Jesús; tiene rostro: el de Jesús; tiene historia: la de Jesús.

Una hoja de calendario para iniciar un nuevo año. Un árbol, un libro, un hijo, un día, un año… ¿y ahora qué? Una esperanza.

Gracias por la vida,
gracias por el amor,
gracias por el servicio.
Gracias Señor.

En la vida, una flor…
En el amor, una pasión…
En el servicio, el gozo.
Gracias Señor.

En el árbol va mi vida,
en mi libro una canción,
de mis entrañas un hijo,
mi Dios y mi Señor.

En este día, todo un año;
en este año un color,
un árbol, un libro, un hijo,
mi vida es tuya, Señor.

¿Cómo puedo decir gracias y no decirlo todo? ¿Cómo caminar un año nuevo cuando novedad es lo que falta? Pero hay que retomar el camino de la fe, la esperanza: en el árbol, en el libro, en el hijo, en el amor.

Me gusta el año nuevo: tiene la gracia de que está naciendo y todo lo que nace gusta, atrae. Claro, allá al otro lado del mundo ya nació, pero para mí apenas va a nacer y nace con buena estrella, la de Belén; nace de buena Madre, la de Jesús; y nace con buen destino: evangelizar. Me gusta el año nuevo.

El árbol es bueno y se llama Comunidad; el libro es ameno y se llama Evangelio; el Hijo es santo y se llama Jesús.  Mi árbol, mi libro, mi hijo: son Jesús. Y por eso quiero evangelizar, por esto quiero tomar el encargo y la misión de llevar el evangelio a todas partes. Un año, todo él, para seguir haciéndolo. Esa es mi vida, esa es mi vocación, esa es mi alegría más profunda.

Virgen Madre de Dios: contigo sembraré el árbol de la vida, para ti escribiré el libro del amor, contigo cuidaré al hijo de tus entrañas. Feliz fiesta de tu maternidad, feliz año nuevo.

P. Sergio García, msps

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *