Cuántas gracias tuyas y cuántas deficiencias mías

P. Fernando Torre, msps

El 8 de diciembre de 1932, Concepción Cabrera escribe en su Cuenta de conciencia: «Hoy cumplí setenta años. Cuántas gracias de Dios a mi alma, y cuántas ingratitudes y ofensas y miserias de mi parte»[1]. Y un año después hace esta oración: «Cumplo hoy setenta y un años, ¡Dios mío! ¡Cuántas gracias tuyas y cuántas deficiencias mías! Cada uno en su papel: Tú siempre misericordioso, y yo siempre ingrata, infiel y miserable, sin saber apreciar el don de Dios»[2].

Para ella, el día de su cumpleaños es ocasión propicia para hacer un rápido balance de ese año, y de toda su vida. El balance arroja dos resultados: uno, las gracias que Dios le ha dado, que son grandes e innumerables. El otro, sus deficiencias, ingratitudes, ofensas y miserias.

Si echamos una mirada a nuestra vida, encontraremos algo similar: las gracias de Dios y nuestro pecado.

Al contemplar las gracias que Dios nos ha dado –las que conocemos, pues hay muchas que desconocemos y ni siquiera imaginamos– debería surgir en nuestro corazón la gratitud, que viene acompañada de gozo y paz.

Al contemplar nuestros pecados e incoherencias debería surgir en nuestro interior el arrepentimiento, que viene acompañado de tristeza y dolor.

Nuestra relación con Dios-Trinidad puede sintetizarse en dos palabras: “gracias” y “perdón”.

Nuestra gratitud nos impulsa a estar más atentos a Dios y a las gracias que nos da, para reconocerlas, acogerlas, apreciarlas, disfrutarlas y secundar su acción. Nos impulsa a alabarlo, como lo hizo la Virgen María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor […], porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí» (Lc 1,46.49).

Nuestro arrepentimiento nos impulsa a la conversión, a alejarnos del pecado, a evitar ofender a Dios y a los demás, a dejar de destruirnos. Nos impulsa a acudir confiadamente a Dios, y decirle: «ten misericordia de mí, que soy pecador» (Lc 18,13). Y seremos perdonados y llenados del Espíritu Santo; y podremos reemprender con determinación el camino de nuestra transformación en Jesucristo.

P. Fernando Torre, msps

[1] CC 59,175: 8 dic 1932.

[2] CC 61,149: 8 dic 1933.

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