El Dios en quien quiero creer

P. Sergio García, msps

El Dios en quien quiero creer, el Dios por el que quiero caminar, el Dios que me quiero encontrar al final del camino, es el Dios de Jesucristo. El Dios en quien quiero creer es el Dios que cree en mí.

El otro día, al preguntarme alguien por qué me salían erupciones en la cara, contesté que era por los nervios. “Confía en Dios”, me dijo. Contesté: “Yo si confío en Dios, el hecho es que Dios confía en mí”. En ese Dios quiero creer, no en el dios que me persigue despiadadamente para echarme en cara mis caídas, sino el Dios que me da la mano para que siga adelante. En ese Dios quiero creer, no en el Dios que contemplo a lo lejos, sino el Dios que me mira de cerca, fijamente a los ojos, me sostiene la mirada y se hace sencillo como mi historia, humilde como mi origen, animoso como yo en mis mejores momentos.

El Dios en quien quiero creer es el Dios, que no se puede nombrar porque es “indecible”, no se deja atrapar porque es insobornable, no quiere intercambio de dones sino entrega mutua sin condiciones. El Dios en quien quiero creer es aquel que una tarde de verano, en el solar de mi casa, contemplando un nogal, hizo pasar una brisa suave por mi cuerpo, puso su mano en mi hombro rodeándome y acercándome a él me dijo: ven, vamos a caminar juntos por este mundo tan misterioso. Es el Dios de la cercanía, es Jesús mismo que claramente dijo: “Nadie ha visto jamás a Dios. El Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha manifestado” (1 Jn 1,18).

También afirmó: “Felipe, ¿hace tanto tiempo que estoy con ustedes y todavía no me conoces? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9).

El Dios en quien quiero creer, y creo, es el Dios del evangelio, y en nadie más. Es el Dios maravilloso y seductor, es el Dios humilde y dispuesto a hacer el bien y a hacerlo bien, es el Dios compañero en mis soledades, fuerza en mis debilidades, gozo en mis tristezas, esperanza en mis desilusiones, roca firme en mis dudas, abrazo cariñoso en mis desviaciones, maestro comprensivo en mis aprendizajes y al final triunfador en todas mis luchas.

El Dios en quien quiero creer es Jesús. Es el Dios de cada una de mis letras y de mis espacios, el Dios de mis respiraciones y miradas, el Dios de cada latido de corazón y de cada movimiento de mis células. El Dios que me libera del celular, que me convoca a la oración, que se pone en una banca de la capilla para concelebrar conmigo y en cada pupitre de mi clase para escucharme, sonreír y decirme: “esto no lo podrías decir, si yo no estuviera contigo”.

El Dios en quien quiero creer es Jesús que no presume de poderoso, que no se echa para atrás en el conflicto, que no se fija en apariencias, que nunca condena a las prostitutas y que no soporta a los doctores de la ley. Es el Dios de mis llantos y amarguras, lo mismo de mis cantos y alegrías.

Ya lo dije, el Dios en quien quiero creer, y creo, es el Dios que cree en mí y no quiere pasar ni un momento sin mi cariño. Me hace sentir que le importo mucho. Teniendo tantos tan fieles y generosos, tan buenos y santos, me quiere y le importo yo y me ama y me enloquece a mí.

Sí, el Dios en quiero creer siempre es el Dios llamado Jesús; Camino, Verdad y Vida, buen Pastor y Cordero que quita el pecado del mundo, luz radiante de la mañana y luz serena de la tarde, pan de vida y vida de todo amor.

Es el Dios que me permite iniciar una aventura que tiene como telón de fondo vaciar mi corazón y mis bodegas, que me pide dejar todo aquí, en esta tierra, para no tener que estar asomándome desde el cielo para seguir haciendo el bien, porque aquí habré hecho esta obra, la obra que él me encomendó.

Pero ¿cómo escribir de Dios si es indescriptible? ¿Cómo decir algo de Dios si es indecible? ¿Cómo? No lo sé, pero lo intentaré, porque la caridad de Jesús me apremia a compartir mi experiencia, para que haya muchos que estén dispuestos a destapar las esencias más ricas de su fe y formemos, todos juntos, una inmensa “cadena de amor” con Jesús.

El Dios en quiero creer y creo es el que hoy me dice: “Tranquilícense y no teman: Soy yo”.

Amén.

P. Sergio García, msps

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