El evangelio de mañana. Habla el centurión

Desde hacía 10 años había sido destinado a la Palestina. Primero estuve en Cesarea, en la casa de verano del Procurador, Poncio Pilato, pero a los tres años me ascendieron y me destinaron como centurión a Galilea, de  apoyo al tetrarca Herodes, nuestro «rey pelele» que debía dar cuenta al César. A él  se le había encargado el cuidado de esa región ya que Pilato no podía abarcar todo.  Herodes debía poner el orden, pero se me enviaba con cien hombres para comprobar que así lo hacía y, en caso de disturbios, intervenir.

Me instalé en Cafarnaúm. Quedé enamorado de esa tierra desde el primer instante; tal vez fuese el lago de Genesaret. Poco a poco me fui involucrando con la gente. Los sábados veía que los del lugar se reunían para rezar en la plaza del pueblo. No me gustaban, por razones de seguridad, esas reuniones “sobre sus cosas” a la intemperie. Así que les pedí que se fueran a su templo o lo que fuera que tuvieran para el caso. Me comentaron que no tenían lugar para reunirse. Inmediatamente pensé que me anotaría un tanto si me ofrecía a construirles una de sus sinagogas, como ellos llamaban al lugar de reunión. Les caí bien y pronto me apreciaron. ¿Por qué no decirlo? Me sentí muy bien. Mi familia se había quedado en Roma y pronto esta gente fue ganando mi corazón, a pesar de sus rarezas, pues cuando, por ejemplo, quise invitarlos a mi casa para compartirles el proyecto de la sinagoga no quisieron entrar porque yo era impuro. Lo intenté en otra ocasión con los ancianos, es decir, con sus autoridades civiles, y pasó otro tanto: era impuro, era un extranjero: no podían mezclarse conmigo, ni siquiera tocarme.

Me molestó bastante, he de decirles. No entendía el rechazo. La cosa es que, fuera de casa, me trataban muy bien y con respeto, aunque siempre a distancia, por lo que estaba desconcertado.

Desde que vine de Roma me acompañaba mi criado Flavio. Sinceramente, era como un padre para mí. Desde que era un niño estaba en casa pues ya servía a mi padre. Él sí se mezclaba con la gente del pueblo, tal vez porque al ser criado lo veían como uno de ellos y me iba explicando las cosas que yo no entendía. Un día me comenzó a relatar que había oído hablar de un tal Jesús, que era como un profeta judío que vivía también en Cafarnaúm, pero que debido a su misión de profeta tenía una vida itinerante: tan pronto estaba aquí como se iba a la otra parte del lago, como fuera de la Galilea.

Me comentó Flavio que había oído decir que ese Jesús hablaba de amor, de justicia, de paz, de misericordia y de perdón. Flavio sabía tocar mi corazón, pues él mismo, desde pequeño me había enseñado a amar esas virtudes. Yo le oía hablar emocionado. También me dijo que ese Jesús decía (le dijeron a él) que había sido enviado por el Dios de los judíos para llevarlos a Él, para revelárseles como misericordia.

Un día, mi  buen Flavio, me pidió permiso para ausentarse un par de días. Había oído decir que Jesús estaba a la orilla del lago, no muy lejos de Cafarnaúm. Le puse mala cara, pues estaba preocupado por su salud;  Flavio  era mayor y me preocupaba que anduviera por ahí solo. Me dijo que el  lugar era fácilmente accesible y que incluso había yerba, que estaría bien.

A regañadientes le di permiso. Volvió, como dijo, a los dos días. Pero ya era otro Flavio. Conocía a mi queridísimo criado, como dije, desde pequeño; nos conocíamos a la perfección y si hay algo bueno en mí, él me lo inculcó; de él aprendí lo poco que sé sobre el ser humano y me enseñó incluso a ser un buen soldado. Ése fue el encargo que recibió de mi padre y lo cumplió a la perfección. Pero ahora veía en él algo que nunca había visto antes. ¿Cómo era posible? ¿Qué le había pasado?

Naturalmente, por la noche, después de cenar, le dije que me contara cómo le fue. Me dijo que había un montón de gente en el lugar y que Jesús empezó a hablar de que serían felices aquellos que fueran pobres, porque su tesoro estaba junto a su Padre; que serían felices los que fueran misericordiosos, porque en su misma misericordia para con los demás estaba la recepción de la misericordia por parte de Dios; que serían felices los que sufrieran, los perseguidos, porque el Padre celestial estaba con ellos…Que serían felices los que lloraran…

Flavio lloraba, él sí que lloraba,  conforme me iba explicando estas cosas y cómo las había dicho Jesús y yo sentía cómo un fuego comenzaba a incendiar mi corazón. No sé, al ver a Flavio con ese fuego y esa ternura nueva que brotaba de su corazón, hacían que el mío latiera con fuerza cada vez mayor.

Me habló de que aquel episodio que sucedió en la sinagoga recién construida…, de aquel individuo que se puso a gritar y que armó tanto escándalo contra uno que enseñaba con autoridad (decían los judíos), que se trataba de Jesús; que Él fue el que con una palabra de esa autoridad lo calmó y le devolvió la paz. Que fue Él quien curó a aquel leproso del que habíamos oído hablar y otras tantas curaciones que habían sucedido por el lugar.

Sin embargo, y esto fue lo que me llamó más la atención, ese Jesús hablaba del camino de la pérdida y no de la ganancia; que decía que para seguirlo a Él tendríamos que negarnos a nosotros mismos y pensar solo en los demás; que hablaba de una cruz y cómo había que abrazarse a ella para seguirle.  He de decirles, que esto fue un jarro de agua fría que hizo reaccionar a mi amodorrado corazón y la causa del volcán que se desató en mi  interior, pues, aunque no lo comprendía, sentía que esas palabras iban cayendo sin obstáculos en mi interior y se iban asentando, sin esfuerzo, sin oponer yo ninguna resistencia, ni ninguna lógica.

La autoridad de Jesús me impresionó y se los digo yo que soy un hombre que sabe de autoridades. Sus palabras eran más contundentes que las de cualquier César por lo sencillas y simples que eran.

Me fui a la cama e inmediatamente pensé en la forma de cómo conocer a ese Jesús. Pero el caso es que yo era un impuro para los judíos. El encuentro debería darse fuera de casa, estaba claro.

Creí con todas mis fuerzas en Jesús sin conocerle, sin haberle visto. E inmediatamente pensé en que quizá otras gentes de hoy y del mañana creerían como yo lo estaba haciendo en esos momentos. No lo había visto y sin embargo estaba dispuesto a dar la vida por ese hombre que hablaba de un Dios desconocido para mí y que al mismo tiempo se identificaba con Él. Era una auténtica locura, pero todo mi panteón romano de dioses saltó por los aires y me vi tan pequeño y ridículo que fui corriendo a donde Flavio estaba, llorando como cuando era pequeño.

Flavio tenía fiebre, tal vez por el cansancio de los dos días, demasiada fiebre. Me quedé con él toda la noche junto a su cama. Durante la vigilia notaba como de tanto en tanto despertaba y me miraba sonriendo: los dos sabíamos en quién estábamos pensando.

A la mañana siguiente la fiebre le había subido aún más; traté de incorporarlo para darle un poco de agua y me dijo que no podía siquiera moverse. Pensé en Jesús. Pero yo no era digno, bien lo sabía, de que Él entrara en mi casa no por lo que pensaran los judíos, no porque ritualmente para ellos yo fuera un apestado, un extranjero, sino porque ante lo que Flavio había dicho de Jesús no podía más que arrodillarme. Pero Él tenía autoridad, sus palabras eran contundentes y no necesitaban de intermediarios.

Salí en busca de los ancianos del pueblo y les pedí el favor de que fueran a buscar a Jesús, pues no me atrevía ni siquiera a estar cerca de Él y Flavio se me moría. Ellos sabían que venía de vuelta a Cafarnaúm y se dispusieron a hacerme el favor. Volví a casa corriendo con Flavio y a las pocas horas supe que Jesús venía a casa, que inmediatamente les había dicho a los ancianos que venía enseguida. Quedé abatido por su misericordia y ese volcán que la noche anterior se había encendido, ahora estallaba de agradecimiento y alegría. ¡Cómo puede cambiar la vida de una persona de repente!…

No sabía qué hacer. Iba a recibir al Rabí Jesús de Nazaret del que me había hablado Flavio, al que ya había entregado  mi corazón sin haberle visto. Me puse muy nervioso e inquieto y comencé a caminar de aquí para allá en el atrium, junto a la fuente, sin saber cómo reaccionar. Instintivamente me sentía pequeño, indigno, el último de todos los últimos. Llamé a mis amigos Cornelio y Fausto para que fueran corriendo donde Jesús, para que le dijeran que me sentía el último y que no era digno de que entrara en mi casa. Que su palabra era contundente  y que creía en que bastaba que la pronunciara para que Flavio sanara. Qué no era necesario que llegara hasta casa, que creía ciegamente en Él como creía ciegamente en Flavio cuando le mandaba hacer cualquier cosa.

Ellos salieron corriendo y me fui con Flavio temblando de inquietud. Al poco rato mi enfermo despertó y me tomó de la mano. Su temperatura había bajado drásticamente y me dijo que tenía hambre.

Nadie lo sabe. Pero Jesús al poco rato entró en casa. Cuando uno de mis soldados de guardia me lo dijo no me lo podía creer. ¡¿Pero no se lo había dejado claro a Cornelio y Fausto?!. Salí corriendo hacia el atrium  y me arrodillé a sus pies. No por lo que había hecho con Flavio, que también, sino por lo que había hecho conmigo.

Mis amigos se extrañaron y alguno que otro se indignó, bien que los oí. Pero Jesús se inclinó, me levantó y me abrazó. Me dijo que quería ver a Flavio, pero que después quería hablar a solas conmigo. Ya a solas, me dijo que Él se deshacía ante la humildad, que para Él era irresistible y que siempre viene a los corazones que se muestran pequeños. Me dijo que Él siempre se iba a quedar con nosotros y que las palabras que yo le dije a él, a través de mis amigos, se iban a repetir por los siglos, por todos aquellos que querían recibirlo en sus casas y en sus corazones.

Te cuento esta historia para que te des cuenta de todo lo que pasó. Tú que tampoco has visto a Jesús ya sabes cuál es el camino para encontrarse con Él y para que entre en tu corazón y en tu casa. O la palabra de Jesús te hace más pequeño o todavía no la has oído, ni has dejado que entre en tu corazón. Hoy cuando comulgues, dile lo que yo le dije con todo tu corazón. Notarás cómo la fiebre baja y su compañía inundará tu vida.

P. Eduardo Suanzes, msps

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