Habla el leproso samaritano

P. Eduardo Suanzes,msps

Me acogieron bien a pesar de ser distinto a ellos, a pesar de ser un apestado samaritano. Pero la peste de la lepra era mayor que la de la separación étnica y desde ahí todos éramos iguales: todos olíamos igual, no había diferencias. Éramos un grupo de diez leprosos, hombres muertos en vida, excluidos de la vida social y del culto que ya desde el tiempo de Moisés  se nos relegaba por ser impuros. No teníamos derecho a nada y nadie se ocupaba de nosotros. Las ciudades y aldeas estaban para nosotros vedadas y sólo podíamos subsistir en las afueras, en alguna gruta que tomábamos por casa.

Entre nosotros no había diferencias sociales: algunos eran de familia rica y acomodada; otros éramos de familia de clase media; también entre los diez había unos muertos de hambre. Ahora todos éramos iguales: la impureza nos juntaba, el dolor nos unía, la exclusión nos apiñaba. Eso era lo que teníamos en común que era más fuerte que todas las separaciones: la impureza.

Habíamos perdido el control sobre nuestras vidas pues quien las controlaba era la lepra: ese mal que se había pegado a nuestro cuerpo como las ventosas de no sé qué animal poderoso. Jamás habría pensado que haría vida con unos judíos y muchos menos ellos conmigo. Pero aquí nos tienen. Parece que los mentirosos se entienden entre ellos; los ladrones forman sus grupos especializados; los asesinos sus propios cárteles, los corruptos sus grupos parlamentarios, los depravados sus organizaciones ocultas…¡Cuántos tipos de lepra hay en el mundo que se pegan a nosotros como lapas!

Cuando vivía en Samaría y la lepra se pegó a mi cuerpo, poco a poco me fui dando cuenta de que quién controlaba mi vida era ella. Todo lo hacía en función de ella e inmediatamente pasó a ser el centro de mi vida. Luego, encontré a estos nueve que les había pasado lo mismo y rápidamente la impureza se convirtió en el eje del grupo. Por eso no había separación entre nosotros. Nada más que hablábamos de nosotros y el tema de conversación siempre era el mismo.

A veces hablábamos de qué es lo haríamos si no tuviéramos la lepra; de qué rumbo tomarían nuestra vidas si volveríamos a ser lo que fuimos con anterioridad, si volviéramos a estar sanos, sin ninguna tara. Los nueve decían que no, que sus vidas serían otras; que a partir de entonces nada les controlaría de nuevo; que se dedicarían por entero a vivir con apertura y sin exclusiones. Luego me miraban a mí, cuando era el turno de dar mi opinión, pero yo siempre permanecía callado: realmente no sabía cómo reaccionaría; me quedaba mudo: sería tan extraordinario…E interiormente me acordaba del relato que mi padre me contaba de Naamán, el general sirio que nunca perdió de vista lo que fue, que nunca olvidó que estuvo sumido en el abismo y que de él fue rescatado. Por eso su corazón se volvió un corazón agradecido. La conclusión a la que llegaba mi padre era siempre la misma: “nunca lo olvides, hijo,  el agradecimiento es la memoria del corazón”.

Antes de despedirnos, mi padre me insistió en que jamás me olvidara de Dios; YHWH nos animaba a tener una memoria clara y despierta para recordar todo lo que él hizo por nosotros: “Guárdate muy bien de olvidar los hechos que presenciaron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras te dure la vida”[1]. “Acuérdate – me decía – nunca lo olvides”

 Un día uno de nosotros nos comentó algo nuevo que nos sacó de nosotros mismos: había oído hablar de un tal Jesús que era un rabí y taumaturgo excepcional y que ninguna enfermedad se le resistía. Recibimos la noticia con escepticismo pero, poco a poco, con esperanza. ¿Y si fuera verdad?

Al poco tiempo oímos que ese Jesús venía y rápidamente salimos de nuestra cueva, en grupo, como siempre gritando “¡impuro, impuro!” por las veredas para que nadie se nos acercara. No podíamos entrar en la ciudad, así que lo esperamos día y noche en el camino en un lugar por el que tenía que pasar a fuerzas. Y así fue.

Lo vimos de lejos y de lejos comenzaron mis compañeros a gritarle que tuviera compasión. Yo quedé mudo: nada más que podía mirarle a los ojos y noté cómo su mirada se clavó en la mía; aunque estábamos a distancia lo noté claramente y no sé por qué me acordé de mi padre como nunca.

El Rabí dijo que nos fuéramos a presentar a los sacerdotes para que certificaran que estábamos curados y así poder formar parte de nuevo de la sociedad y el culto. Quedamos desconcertados, pues la lepra aún estaba pegada a nosotros, pero, balbuceando, decidimos hacerle caso y entrar en la ciudad.

Mientras hacíamos lo que nos había dicho el Rabí, aún sin tener evidencia de la curación, nos íbamos dando cuenta que nuestra piel se iba limpiando. Pero yo no veía mi piel: lo único que veía era su mirada sobre mí y a mi padre. Los nueve, paso a paso, como inadvertidamente, se iban separando, y a medida que caminábamos comenzaron a mirarme con desprecio: ya no me llamaban por mi nombre sino por “samaritano”. Era como si al tener de nuevo el control de sus vidas, la seguridad y la certeza de no estar ya en el abismo, otra lepra imperceptible se apoderara de sus corazones: lo único que les interesaba era volver a formar parte de la sociedad, ser aceptados y queridos en su grupo excluyente y los samaritanos no estaban, como siempre, en sus consideraciones de amistad.

¡Qué estupendo volver a Samaría!, pensaba yo, pero me quedé parado a las puertas de la ciudad mientras los otros se perdían en ella. No podía dejar de pensar que media hora antes estaba en el abismo y ahora no, y que la única razón era aquella mirada del Rabí. Sería padrísimo volver a Samaría, pero yo lo único que quería era volver con el Rabí. Comprendí que mi vida había cambiado de una manera incomprensible para mí, que ya me salían las cuentas, que todo lo veía con una claridad sin igual y que la causa era el Rabí. Me había dejado mirar por Él en silencio, allí en el camino, y él había hecho saltar por los aires todas mis lepras. Y como poseso iba gritando, por el camino para encontrarme con Jesús de nuevo, aquello de “Guárdate muy bien de olvidar los hechos que presenciaron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras te dure la vida”. Por fin me arrodillé ante él y me dijo que mi fe me había salvado. Ya no hablaba de curación sino de salvación. Era verdad. Poco me importaba ya la lepra: lo importante es que estaba en el abismo y ya no,  y todo porque dejé que mi mirara en silencio. “Levántate y vete” me dijo, por fin. Y corrí, corrí hasta Samaría para ver a mi padre.

Ahora ya viejo ha caído en mis manos un trozo de la carta de Pablo, el antiguo perseguidor, a Timoteo; decía “Acuérdate de Jesucristo….”; cómo lo voy a olvidar; no quiero nunca olvidarlo y pido la gracia de no hacerlo nunca; que nunca me olvide que antes estaba en el abismo y ya no.

P. Eduardo Suanzes, msps

 

[1] Dt.4,9

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