La gran señal

P. Vicente Monroy, msps

Lo que quisiera regalarte estos días, y que, por supuesto no puede ser comprado, es al mismo Jesús y mi alegría por ser tu hermano y que tú lo seas también para mí.

Compartir nuestra vocación cristiana y un intenso amor agradecido al Señor.

Como signo muy sencillo pero muy fraterno, te comparto mi oración de estos días:

Jesús sacerdote y víctima, la gran señal: su primer día: nacer en Belén (Navidad); su último día: morir en el Calvario (su Pasión y Muerte). ¿Esta es la GRAN SEÑAL? ¿Qué dice esta señal? Hay que contemplarlo y escucharlo.

Dice lo ordinario: nacer y morir desde la fragilidad de lo humano, es lo más común y ordinario, y ¿en medio?, lo cotidiano: la vida diaria desde la precariedad de lo efímero.

Entonces LA GRAN SEÑAL: es la divinización de lo humano, la humanización de lo divino.

Es el Amor sacerdotal de Dios: amor divino desposado con nosotros en el amor humano.

Amor libre, gratuito, incondicional hasta la muerte, que es más fuerte que la muerte y la vence con la Vida.

Amor sacerdotal: amor humano-divinizado, amor divino-humanizado. El Verbo se hizo Carne y Habitó entre nosotros, y Muriendo, destruyó nuestra Muerte y nos dio Nueva Vida, para que, amando como Él, ya no vivamos para nosotros mismos.

Este bebé es el enviado para salvar el mundo. Dios, el todopoderoso, es el niño todo desvalido. El Hijo de Dios es la Palabra y este bebé no sabe hablar. El Mesías es «el camino», pero éste no sabe andar. Es la verdad omnisciente, mas esta criatura no sabe ni siquiera encontrar el seno de su madre para alimentarse. Él es la vida; y, sin embargo, este bebé se moriría si ella, María, no lo alimentase. El creador del sol, pero tiritaba de frío y precisaba del aliento de un buey y una mula. Había cubierto de hierba los campos, pero estaba desnudo.

¿Cómo temer a un Dios que se nos acerca como niño? ¿Cómo rehuir a quien se nos ofrece como un pequeño frágil e indefenso, como un crucificado para vivificarme? ¡Cuánto Amor divino!, ¡cuánta humanidad entregada! ¡Cuánta participación en el Misterio divino!

Dios no puede ser ya el Ser «omnipotente» y «poderoso» que en ocasiones he imaginado, encerrado en la seriedad y el misterio de un mundo inaccesible. Dios es este niño que me es entregado cariñosamente, este pequeño que busca mi mirada para alegrarme con su sonrisa. Es el que me entrega su cuerpo y me da su sangre, que abre sus brazos y su corazón para entregarme su intimidad. El que se presente en la humildad de nuestra carne y no en la majestuosidad de su poder y omnipotencia; el que se me muestre como uno de nosotros y no como el Incomparablemente Otro; el que me otorgue su intimidad como Amor mío y no permanezca inabordable como el Lejano inalcanzable y el  remotamente Inaccesible es la Gran Señal: Dios se ha encarnado y está con y en nosotros.

El hecho de que Dios se haya hecho niño y dado la vida por nosotros dice mucho más de cómo es Dios que todas nuestras cavilaciones y especulaciones sobre su misterio y dice mucho más de cómo nos quiere, que cualquier fantasía irrealista. Es Jesús sacerdote y víctima, sacramento de comunión e intimidad divinas. ¡¡¡Dios con nosotros!!!

María, como tú, concédenos detenernos en silencio agraciado y agradecido ante este niño y acoger desde el fondo de nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, entender su amor sacerdotal y vivir henchidos de alegría estos días de Navidad.

P. Vicente Monroy, msps

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