La Trinidad. Meditación ante un icono

Trinidad de la misericordia

El próximo Domingo celebramos a la Santísima Trinidad. La hermana dominica sor Caritas Müller de Cazis (Suiza), ha recibido la gracia de compartir, a través de sus esculturas en terracota, su experiencia de Dios. Estas obras de arte nos hablan de esa acción divina en su vida e intentan señalarnos el camino hacia una relación más profunda con Dios: la contemplación serena de su amor por cada uno de nosotros; un amor que se expresa como compasión, como misericordia.

Quisiera compartirles mis reflexiones ante la imagen-icono de la Trinidad de la misericordia.

Cuando me encontré con ella por casualidad, navegando por Internet, inmediatamente provocó en mí un impacto enorme. Comencé a recorrerla en sus múltiples detalles y cada vez me iba sumergiendo, sin darme cuenta, en las profundidades de Dios. Me di cuenta que la imagen estaba preñada de símbolos que la hacían única, que explicaban cómo y de qué manera nuestro Dios nos ama.

Una y otra vez me sumergía con ella en oración y súbitamente, como en un suspiro, me encontraba en el centro de la Trinidad y desde ahí mismo contemplaba al Dios de la misericordia; desde su mismo centro contemplaba a cada una de las personas.

Y me sentía en el centro porque ese despojo humano que se encuentra en ese sitio equidistante de la imagen, ése era yo mismo. Un ser aplastado por su misma historia y por él mismo. Un ser que quería ser y que no era, que quería mirar más allá y se encontraba mirándose a sí mismo. Un ser, por tanto, contradictorio, que tenía la experiencia de haberse dado con la pared mil y más veces sin poder salir de ése círculo vicioso; atrapado en su propio deseo de poder y de tener; y atrapado, sí, porque ese deseo le hundía más y más y jamás obtenía de él lo que el mismo deseo le proponía. Era, por tanto, un ser enfermo, débil, necesitado, doliente, con el límite que su propia humanidad le marcaba.

Este ser humano está en el centro de un círculo, que le distingue; es un círculo casi imperceptible que encuadra a la humanidad, al mundo. Ese círculo es tocado por las tres Personas: El Espíritu Santo en la parte superior; el Hijo en la parte izquierda, de rodillas; y el Padre, en la parte derecha. Dios se hace condescendiente con el hombre y lo toca. Aquí ha de entenderse la condescendencia, no como en nuestro lenguaje común utilizamos la palabra, sino como un descender-con. Dios mira al hombre y lo toca, desciende a su realidad y en el Verbo Encarnado se hace uno con ella. Dios no es un dios impasible que no se conmueve con la realidad humana. Dios es misericordia y muestra su omnipotencia, precisamente siendo misericordioso, como diría Santo Tomás de Aquino y retoma el Papa Francisco.[1]

Además, ese círculo de la persona humana está en el centro de un círculo más grande que tocaba a las Tres Personas, el círculo de la única naturaleza divina. ¿Cómo era posible esto? Esto significaba que el ser humano, yo mismo, estaba en el centro de la misma Trinidad y que participaba, de lleno, de la única naturaleza divina. No, esto no era posible, había caído en una herejía en toda regla. Me estaba pasando de la raya con estas elevaciones. Me quedaba atorado sin comprender, pero intuía que lo contemplado era verdad.

Coincidió, en aquella época, que comencé a conocer a San Juan de la Cruz y estaba zambullido en sus escritos. Era apasionante lo que en el santo iba descubriendo. Un día, meditando con el Cántico Espiritual, encontré este texto:

«…porque es una transformación total en el Amado, en que se entregan ambas las partes por total posesión de la una a la otra, con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por participación, cuanto se puede en esta vida»[2]

Dios es Dios por esencia, pero el hombre está llamado a serlo por participación. El de la Cruz nos dice que en ese camino de transformación en Dios, ambas partes, es decir, Dios y el hombre, se entregan en total posesión, haciendo al ser humano divino por participación.

Esa era la clave, todo encajaba. No podía ser de otra manera. El hombre es imagen de Dios, y esta realidad no es de las del tipo lírico, poético…Es como si fuese pero no lo es en realidad. No. Es decir, a veces decimos que, en efecto, somos su imagen, porque tenemos la capacidad de amar, porque somos libres, porque tenemos raciocinio, etc. Esto es verdad. Pero aquí estamos yendo mucho más allá. Aquí estamos diciendo que tenemos “el mismo ADN de Dios”, procedemos de Él…., eso significa ser su imagen. Es una realidad esencial, no accidental; no se limita a los atributos divinos (que en Dios son esenciales, por supuesto), sino a lo que Dios mismo es. Y esto sólo porque Él lo ha querido así, por pura misericordia.

Lo que quiero decir es que el hombre, como imagen, se descubre a sí mismo mirando a Dios; y esto tiene que ver con lo que el hombre es. ¿Cómo saber cuál es mi destino? Mira a Dios; ¿cuál es mi realización? Mira a Dios; ¿cómo saber que algo está bien o mal? Mira a Dios; cómo hacer discernimiento ante tal asunto? Mira a Dios. Mirando a Dios, descubrimos quiénes somos, dónde está la fuente de nuestros deseos realizantes, donde nuestro destino y felicidad.

Pero milagrosamente, por pura misericordia divina, sucede también al revés: que Dios se ve a sí mismo cuando mira al hombre. Esta realidad misericordiosa es de tal envergadura que ella sola, anidada en nuestro corazón, bastaría para transformarnos en Cristo Jesús, cambiando nuestra vida de cabo a rabo. El sueño de Dios está en el propio hombre porque para eso el Verbo se ha encarnado. Es cierto; la Palabra se ha hecho carne para redimirnos del pecado, para librarnos de la muerte y para restaurar al hombre. Pero, antes que esto (si se pudiera decir así) el Verbo se ha hecho hombre para que el hombre tuviera vida y vida en abundancia (Jn 10,10). “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado Jesucristo” (Jn 17,3).

Este conocimiento del que habla Jesús no solo es intelectual, como dicen los que saben de Sagradas Escrituras: es un conocimiento, más que nada, experiencial de unificación, de identificación, de transformación; de transformación en el mismo Verbo Encarnado para llegar a decir como Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,22). Así el Padre, en su sueño sobre nosotros, al mirarnos ve a su propio Verbo, es decir, nos ve en el Verbo, porque el Padre no ama más que a su Verbo y en Él a todo lo creado.

Sí, por eso el ser humano está en el Centro de la Trinidad, en el centro de la misma naturaleza divina participando de ella.

Pero aún hay más, mucho más. Ahora vamos a lo más nuclear: las Tres Personas divinas. Para empezar, cada una está rodeada de un círculo: el Espíritu Santo tiene su círculo, el Hijo el suyo y de la misma manera el Padre. Esto simboliza la verdad teológica de que a pesar de tener una misma naturaleza (círculo grande central que toca a los Tres), cada uno es una persona distinta, es decir, el Padre no es el Hijo ni el Hijo el Padre; ni el Hijo es el Espíritu Santo y viceversa; tampoco el Padre es el Espíritu Santo y viceversa. Son tres Personas distintas pero un único Dios. ¿Cómo se puede resolver esto?.

Aquí se centra el misterio de la Santísima Trinidad. En efecto, es un misterio, pero no un enigma[3]. Conviene que tengamos clara la diferencia.

Un enigma, por esencia, es algo que permanece oculto y su razón de ser es permanecer escondido y sin comprenderse; el enigma no quiere abrirse, revelarse; es frío, metálico, amenazador. Por el contrario la esencia del misterio es revelarse, darse a conocer; el misterio se abre, quiere ser más y más experimentado; es cálido, abierto y acogedor. Busca ser penetrado e invita al sumergimiento en él. Podríamos comparar el enigma con un lago congelado. Jamás te podrás zambullir en él, es frío e impenetrable: lo que guarda y esconde siempre permanecerá oculto. Su misma superficie es una barrera. El misterio, por el contrario es un mar de aguas frescas y transparentes, que no tiene fondo ni riveras, que te invita a zambullirte en él y a recorrer sus profundidades sin límite. Nuestro Dios no es un Dios enigmático, es un Dios misterioso, pero en el sentido en que estamos hablando.

Por tanto, lo que tenemos que hacer es arrojarnos al misterio y sumergirnos en él. Iremos descubriendo realidades sorprendentes. El misterio Trinitario no te invita a quedarte fuera como lo hace el enigma: quiere que lo penetres en la contemplación. Lo que sucede es que es como un mar sin fondo y sin riveras, jamás lo abarcarás, ni siquiera en la eternidad. Eso es un misterio.

La figura del Padre me lleva a la parábola del hijo pródigo, o mejor aún, como dice el Papa Francisco, a la parábola del Padre misericordioso. Este es el núcleo del evangelio, insiste Francisco[4]: el Dios que es pura misericordia. Un Padre que levanta al hombre de su miseria y amorosamente besa su rostro, como en la Parábola de Lucas.

Ese es nuestro Padre, amoroso y con entrañas de Madre. ¿Acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré” (Is 49,15). Es el Padre el que sostiene, besa y reconforta. Es la viva imagen del Padre en la parábola antedicha. Un Padre que sale al encuentro del horizonte todas las tardes para ver venir a su hijo. Escudriña la lejanía esperando ver un atisbo de su hijo. Es un Padre con un amor activo, que sale al encuentro, que no se queda apoltronado en su trono de majestad (que bien podría hacerlo), sino que se mueve y sale de sí. Una vez escuché decir a un teólogo español (Dios mío, que me perdone, pues no recuerdo su nombre…), que Dios es amando. Con esto (que en realidad es un error gramatical) quería decir que Dios sale de sí mismo constantemente, que su amor es activo y actual, que en ningún momento puede dejar de amar.

 De otra forma lo explica Amedeo Cencini con su frase: Dios sólo sabe contar hasta uno[5]. El amor de Dios es implacable, es decir, intenso, constante, sin límite, sin mengue alguno. Nos es tan difícil creernos esto… Estamos tan acostumbrados a darnos parcial e inconstantemente que un amor implacable y sin condiciones nos es extremadamente incomprensible e inmediatamente lo sumimos en la categoría del enigma. Es verdad, decimos: «es un misterio, es un misterio…», pero en realidad lo colocamos en la categoría del enigma. Es cierto, es un misterio, pero si de verdad nos creyésemos que es un misterio nos dejaríamos empapar por él; nos sumergiríamos en él y nos dejaríamos transformar por ese amor implacablemente misericordioso. Sí, es verdad: Dios nada más que sabe contar hasta uno, y ese uno eres tú, soy yo…

Uno descubre que el poder de Dios Todopoderoso no es el poder de la magia, sino el poder del amor. Dios ama incondicionalmente y, gracias a su amor, uno aprende a amarse a sí mismo incondicionalmente. ¡Es curioso!, se necesita todo el amor infinito e incondicional y misericordioso de Dios para poder amarse uno a sí mismo. ¡Ojalá se nos grabase de una vez por todas que la perfección de Dios y, por lo tanto nuestra perfección, no es la impecabilidad sino la misericordia! [6].

La figura del Hijo en la imagen es sencillamente inesperada. Observen la delicadeza y la ternura con que toma los pies del hombre para besarlos. Es como si no quisiera romperlos porque los ve frágiles. Observen la expresión de su rostro dirigido hacia los pies, con los ojos cerrados en signo de respeto. Observen la curvatura de su espalda, sus piernas flexionadas: todo en él indica solicitud, interés, delicadeza, sumisión, entrega, anonadamiento… Adivinamos en su mano derecha la llaga del clavo de la pasión. Se trata, pues, de Jesús resucitado, es decir, se trata de El Señor…¡El Señor arrodillado!.

¿El hijo arrodillado ante el hombre, besándole los pies? Pero cómo puede nadie esperar que esta sea la actitud de todo un Dios. Y me vienen aquellas palabras de Jesús: “no he venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28). ¿Dios arrodillado ante el hombre? ¡Pero qué barbaridad es esta! Uno recuerda cuando Jesús en la última cena se levanta para lavar los pies a sus apóstoles y Pedro se niega a ello. Lavar los pies era propio de esclavos. Lo inaudito del gesto es que, en una sociedad como la de Jesús, donde el honor era un bien escaso y cada quien se relacionaba en función de su honor, Jesús decide públicamente perderlo. ¡La locura! Todo el mundo trata de adquirirlo y Jesús decide perderlo públicamente. Por eso Pedro se escandaliza. El Maestro se pone el sayal de esclavo y se arrodilla. Pablo, en su carta a los de Filipos nos dice que el Mesías Jesús se anonadó a sí mismo: “se vació de sí y tomó la condición de esclavo” (Flp 2, 7).

Recuerdo que leyendo a San Juan de la Cruz me topé con un texto que al principio me escandalizó. Dejé el libro. Lo que decía de Dios en él era sencillamente una barbaridad; rayaba en la herejía. Quedé desconcertado. ¿Cómo era posible que el de la Cruz dijera eso de Dios? Pero, ¿no era un místico sin igual? ¿Cómo podría decir algo así? Deduje que me percepción era equivocada. Debía volver a retomar el texto y hacerlo en oración,  delante del Sagrario (no cream tardé varios días por mi resistencia). Así que pausadamente lo retomé y lentamente fui dejando caer esas palabras otra vez en mi corazón:

 «Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo, ni amor de hermano ni amistad de amigo que se le compare».

 Hasta ahí bien. Pero pronto llegaba el texto del escándalo:

 «Porque aún llega a tanto la ternura y verdad de amor —¡oh cosa maravillosa y digna de todo pavor y admiración!—, que se sujeta a ella verdaderamente para engrandecerla, como si él fuese su siervo y ella fuese su señor».

 Juan de la Cruz está diciendo aquí que Dios, en este caso, el Verbo Encarnado, Jesús, ve al hombre como si este fuera su señor. ¡No me digan que no es para escandalizarse!.  Pero si esto es fuerte, todavía continúa diciendo el santo algo mucho más fuerte todavía (si cabe):

 «Y está tan solícito en la regalar, como si él fuese su esclavo y ella fuese su Dios: ¡tan profunda es la humildad y dulzura de Dios!»[7]

¡El acabose! Dios ama de tal forma, con tanta humildad, que ve al ser humano, dice Juan, como si él fuese su Dios, siendo el mismo Dios su esclavo. Esta es la actitud de Jesús en el icono que estamos meditando. Un Jesús que espera, que sufre y ama.

Cuando uno va a una capilla y se arrodilla ante el sagrario, en realidad es Jesús quien está esperando arrodillado. Su amor es humilde hasta el delirio. No nos atrevemos a considerarlo y lo metemos en el cajón del enigma.  Pero hay que ponerse delante y maravillarse ante esta forma de amar de Dios que no conoce ni límites ni abajamientos.

El Espíritu Santo, por fin, es la Persona que está al norte de la imagen. Está arriba, dominando la escena, bañándola con su luz y su fuego. Se ve la sensación de movimiento, de dinamismo, no es un Espíritu estático. Todo tiene sentido y se ilumina con el Espíritu Santo y sin Él el icono no es más que una apabullante mentira. Pero resulta que Él está ahí. Él es el medio, el que hace posible adentrarse en el misterio del amor misericordioso e incondicional. Él, entre paloma y fuego, está, además de dar luz a la escena, invitándonos a penetrarla. Es un dedo, el dedo de la diestra del Padre[8] que apunta a una dirección. Es como si nos dijera: “Si te centras en lo que te señalo serás mío y yo seré tuyo”.

Él nos da el prisma exacto para interpretar el misterio de Dios y el nuestro propio. Ese prisma con el cual podemos interpretar las realidades divinas y humanas, es Él mismo. Sin Él, toda la realidad se distorsiona y carece de sentido; se hace borrosa e incomprensible para el ser humano y se vuelve tosca y áspera.

El Reinado del Espíritu Santo en nosotros, en el mundo, consiste en fijarse y vivir la realidad que Él señala; y Él está señalando al centro mismo de la Trinidad. Es como si dijese:

«Este es Dios y cualquier otro dios que quieran enseñarles es mentira. Dios es misericordia y sólo misericordia.  Observen cómo la Trinidad entera está volcada hacia el ser humano, vaciada sobre el ser humano. Ese es Dios. Observen la ternura del Padre y la solicitud del Hijo: soy Yo, el Espíritu, el que se los estoy mostrando. Necesito nidos, para mí: nidos que me reciban; nidos en los que yo pueda habitar y esconderme. Estos nidos se convertirán, así mismo, al poseerme,  en señaladores de la misericordia del Dios Trino. Ellos serán mi descanso»

Me temo que muchos se escandalizarán al contemplar el icono de la Trinidad de la misericordia. Lo comprendo: es demasiado fuerte, es inaudita. Hace saltar por los aires nuestro concepto de un Dios estático, de una Trinidad en donde el Padre, con barba blanca y tiara, y el Hijo con la cruz a su hombro, están apoltronados en sus respectivos tronos o sentados entre nubes, contemplando el mundo desde lo alto; el Espíritu Santo, también estático, como en fotografía, en medio de los dos. Ambos sostienen la bola del mundo. Parecen dispuestos para una fotografía, como mirando a la cámara.

Nada que decir en contra de estas pinturas o imágenes de la Santísima Trinidad. No hay restricciones para el arte pues a través de él el artista muestra la espiritualidad de su corazón. Tan válidas son estas como con la que hemos reflexionado.

A mí me parece, sin embargo, que La Trinidad de la misericordia se aproxima como ninguna, y muy a las claras, a la naturaleza de Dios. Naturalmente, todo lo que podamos decir se queda en nada con relación a lo que Dios es realmente. Pero esta es un balbuceo genuino, creo yo.

Amén.

P. Eduardo Suanzes, msps

 

[1] Francisco Papa, El rostro de la misericordia (Misericordiae Vultus), 6.1. Roma, Abril de 2015

[2] Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B, 22,3

[3] Esta idea es de Amedeo Cencini, expresada en el Congreso Vocacional para América Latina y el Caribe. Cartago, Costa Rica, en febrero de 2011.

[4] Francisco Papa, Ibid, 9.1.

[5] Amedeo Cencini. Ibid.

[6] Cfr. Gutiérrez, Carlos, ocso. Experiencia mística y humanización: repercusiones en la vida. Monasterio Cisterciense de Sta. María Sobrado.

[7] Juan de la Cruz. Cántico Espiritual B, 27,1

[8] Himno Veni Creator Spiritus

4 respuestas a «La Trinidad. Meditación ante un icono»

    1. Así es Rafa. Porque nuestro Dios Trinidad es incondicional, indiscriminado, y totalmente volcado hacia el ser humano, que lo tiene en su centro. Pidamos la gracia de amar para ser reconocidos como hijos de Dios. Un abrazo

    1. Me alegro que les haya gustado, pero me temo que se la tienen que construir ustedes…No conocemos a nadie en concreto que la fabrique. Cualquier artista que maneje la terracota seguro que se las fabrica. Saludos

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