Místicos y profetas

P. Fernando Torre, msps

Saber que la fórmula química del agua es H2O no me quita la sed ni me refresca ni me purifica. Muchas veces nuestro conocimiento de Dios es similar: conocemos todos los dogmas, hemos leído libros de exégesis y teología, nos sabemos de memoria citas bíblicas y textos del Catecismo… pero todo se queda en ideas, en teorías.

 

Muy distinto es el conocimiento del agua cuando bebo un vaso de ese líquido cristalino, cuando me lavo la cara o las manos, cuando tomo un baño, cuando la brisa refresca mi rostro o la lluvia me empapa, cuando nado en una alberca, en un río o en el mar. Así debería ser nuestro conocimiento de Dios-Trinidad, un conocimiento experiencial, místico, que me hace gustar «cuán bueno es el Señor» (Sal 34,8), que me permite caminar «como si viera al Invisible» (Hb 11,27), que me llena de amor, alegría, paz… (Gál 5,22), que transforma mi vida.

La profecía es la otra cara de la mística. Quien ha tenido un conocimiento experiencial del agua puede decir a otros: «¡Ven, aquí hay agua; apaga tu sed, refréscate, lávate, échate a nadar!»

Quien ha tenido un encuentro con Dios, siente la necesidad de anunciar al Dios que ha experimentado. Anunciarlo «a tiempo y a destiempo» (2Tm 4,2), dar testimonio de él con palabras y acciones; anunciarlo con creatividad, gozo y valentía (Hch 4,29), transmitirlo de persona a persona y a las multitudes. Los jefes de los judíos prohibieron a Pedro y a Juan hablar de Jesús; los apóstoles respondieron: «no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20).

Dejemos de obsesionarnos por la ortodoxia, el comportamiento moral, el cumplimiento de las normas litúrgicas, el compromiso apostólico… Comencemos por la dimisión mística de la vida cristiana, por la experiencia de Dios, y lo demás vendrá como consecuencia.

P. Fernando Torre, msps

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