Navidad (2): «El buey y la mula»

P. Sergio García, msps

Un diálogo muy especial para los de oído atento y corazón abierto. El corazón se dispone a no perder detalle de esta noche santa, noche de Navidad.

Buey.

Muy tranquilo estaba en mi casa. Está a la salida del pueblo o entrada según vengas. De pronto, te vi entrar muy bien acompañado, por cierto. Una pareja joven, ¿quiénes son?

Mula.

Vengo muy cansada, pero feliz. Un largo camino que se me hizo ligerito porque me traían las mejores personas que he visto. Y he visto a muchos.

Buey.

Invadieron mi hogar que no es de lo mejor que digamos. Escuché decir a la jovencita: “José, no te preocupes, creo que este es un buen lugar. Además, que ya rompí aguas y creo que ya viene aquel a quien Dios mismo puso en mi vientre”.

Mula.

Ya los escuchaba por el camino orar tranquilamente algo así como “qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor”.

 Buey.

Pero esto no es ni con mucho la casa del Señor.

Mula.

No lo era antes, pero ahora ya lo es. ¿Ya viste cómo están recibiendo al niño que pasa como rayo de luz de su vientre a sus brazos? ¿Ya viste cómo José la abraza y felicita y cantan: «Jesús, nuestro niño, anunciado por los profetas, esperado por toda la creación?» Él también lo abraza; claro, lo ha soñado tantas veces…

Buey.

Hay algo tan nuevo en mí que siento como que muchos vienen detrás de mí, para contemplarlo, cantarle, gozarlo y hasta bailarle.

 Mula.

Pues yo escucho cantos en el cielo y en la tierra un grupo de rudos pastores que tuvieron información privilegiada. Ni en el templo se anunció lo que se les dijo a ellos: «El ángel les dijo: No teman; porque les doy una buena noticia, que será para todo el pueblo: que les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: hallarán al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de ángeles que alababan a Dios, y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz para los hombres de bueno voluntad!»

Bueno, eso fue lo que comentaban a todo mundo; porque parecía que todo mundo estaba ahora en tu cueva de Belén.

Buey.

Yo los conozco muy bien. A veces, cuando llueve, se han metido también en mi casa, pero hoy vienen como muy diferentes. Traen un rostro no de cansancio sino de inmensa alegría; no vienen discutiendo, vienen cantando y bailando. Ah, qué niño tan especial les ha nacido, perdón, nos ha nacido.

Mula.

¿Te has fijado mi querido buey que sin nosotros como que no hay nacimiento? Ni quien se fije en nosotros, pero ahí estamos dándoles calor de hogar, abrigo de amor, noche de paz.

Buey.

Me gustaría que cambiáramos de nombre porque una mula y un buey, como que no se oyen bien en Navidad. Porque es la Navidad, el nacimiento del Mesías, el esperado Salvador del mundo. ¡No me lo puedo creer!

Mula.

Seamos humildes y conservemos nuestros nombres. Más humilde que Jesús, Dios con nosotros, no podemos encontrar. Aprendí mucho en el camino de Nazaret a Belén.

Buey.

Es verdad, eso es lo que somos. Si los humanos nos usan con expresiones despectivas allá ellos y nosotros mantenemos nuestra identidad como la de este niño recién nacido que es idéntico a sus papás que son idénticos a Dios.

Mula.

Voy a descansar porque tú estabas aquí, llegamos a tu casa; pero yo vengo de un largo camino, hermoso camino. Será el camino de toda la humanidad cuando realmente sea humanidad porque lo que es ahora parece inhumanidad.

Buey.

Yo no sé mucho. Eso sí, pienso mucho. Y me parece que este niño llevará a todos los habitantes de este planeta tierra a ser humanos, o sea, más imagen y semejanza de Dios.

Mula.

¿Te has fijado quiénes somos nosotros? No profundizo, simplemente no podemos engendrar.

Buey.

¿Y eso a qué viene en estos momentos?

Mula.

Nada, simplemente pensaba que éramos los indicados para estar en Navidad porque es de lo más pobre que hay en el reino animal. Y estamos ante una pareja que es la más grande que este mundo ha dado.

Buey.

Sí, “los extremos se tocan”, dicen los científicos. Y eso nos hace grandes ante el niño que es alfa y omega, principio y fin, el primero y el último; el más grande por ser el más pequeño y el más pequeño por ser el más grande. Nuestra presencia aquí es imprescindible. Es un signo más en este pesebre adelantado, improvisado, generalizado y envidiado. Somos nada, mi querida mula, somos poca cosa. Ahora descansa que vienes de lejos, pero me da le impresión que ellos te llevaban a ti.

Mula.

Bueno, callemos, es una noche de silencio. Sólo habrá alboroto cuando lo produzcan los ángeles. Pero ellos se irán, regresarán los pastores con sus ovejas. Estaremos en silencio de adoración los cuatro en torno al niño puesto en tu pesebre.

Buey.

Bueno sí, Navidad es silencio, pero también en empezar a crecer cantando, haciendo poesía.

«Hay que bajar, bajar hasta la cuna
y hacerse muy pequeño, despojado
de joyas y de orgullo, anonadado,
y estar, tan solo estar, sin prisa alguna.

Mirarás con los ojos de la luna,
al Niño, que es un sol, aunque velado;
acércate bien, junto a su costado,
y cuéntale tus penas, una a una.

Y mientras yo mis penas repasaba
mis penas de esperanza florecían;
si las penas del mundo acumulaba,
tantas flores del mundo le llovían,
pero, mientras, el Niño sollozaba
porque todas las penas le cogían».    

Caritas española 2006

Este Niño que una vez nacido ha sido puesto en mi pesebre ¿será para que todos comamos de él o a él? Recuerdo que Belén significa “casa de pan”.

Mula.

Pues hicimos muy bien en invadir tu casa, suficiente para ti y ya ves, muy buena para nosotros. Por esto que ha sucedido esta noche recordarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho cosas grandes en nosotros. Me incluyo y te integro con esta pareja que traje de Nazaret para que naciera aquí el que será reconocido como el Rey de todo el mundo.

Buey.

José es el padre, María es la madre dichosa, jovencita ella y muy bonita y estoy seguro que todas las generaciones la llamarán bienaventurada. A su Hijo simplemente le dicen hijito, ella le da de comer, él lo toma en sus brazos para que ella vaya a dormir un buen rato. ¡Cómo quisiera que se quedaran aquí toda la vida!

Mula.

Por el camino los escuché que le llamarían Jesús porque él salvaría al mundo de todos sus pecados. Lo cuidarán y le ayudarán a crecer hasta que él empiece a realizar lo que el Padre de los cielos lo determine.

Buey.

He observado que un Espíritu especial lo llena, ilumina, mira a través de sus ojos y ya empieza a llorar por el pecado del mundo. Pero su llorar es distinto, es un llorar como el llorar de las estrellas, los soles y las flores, los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Mula.

¿No crees que ahora sí conviene rodearlo con nuestro aliento, adorarlo y no dejar de mirarlo por muchos que quisieran hacerlo?

Buey.

El silencio de la noche, después del bullicio de los ángeles y pastores, que por cierto era un bullicio muy ordenado y comunicativo. Ahora a callar. Silencio.

Mula.

Silencio. Amén.

P. Sergio García, msps

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