¿Por qué el Padre cuenta nuestros cabellos?

P. Ermes Ronchi, osm

Domingo XII del Tiempo Ordinario

«No tengan miedo; ustedes valen más que muchos gorriones»[1]. Cada vez que me pongo delante de estas palabras, siento miedo y  conmoción a la vez. Miedo por no entender a un Dios que se pierde detrás de las criaturas más pequeñas: los gorriones y los cabellos de la cabeza. Conmoción por las imágenes que me hablan de lo impensable de Dios, que hace por ti lo que nadie ha hecho y que nadie hará: que cuenta todos los cabellos de tu cabeza y te prepara un nido en sus manos. Para decirte que vales para él, que él se preocupa por ti, de cada fibra del cuerpo, de cada célula del corazón: enamorado de cada detalle que te pertenezca.

Ni siquiera un gorrión cae a tierra sin el querer de su Padre. Sin embargo, los gorriones siguen cayendo, y los inocentes continúan muriendo. Los niños  son vendidos por un poco más que un sueldo o son desechados apenas han remontado su breve vuelo.

Pero entonces, ¿es Dios quien los hace caer al suelo? ¿Es Dios el que rompe las alas del breve vuelo de nuestra vida, el que envía la muerte y entonces ella viene? No. Hemos interpretado estas ideas siguiendo el eco de algunos dichos populares como: «ni una hoja se mueve sin que Dios lo quiera». Pero el Evangelio no dice esto. Asegura, sin embargo, que ni siquiera un gorrión cae al suelo sin que Dios esté involucrado en ello; que ninguno  caerá fuera de las manos de Dios, lejos de su presencia. Dios estará siempre allí[2].

«No sucede nada sin el Padre». Esta es la traducción literal, y no ciertamente «sin que Dios lo quiera». De hecho, muchas cosas, demasiadas, suceden en el mundo y son contra la voluntad de Dios. Todo odio, guerra, acto de violencia sucede en contra de la voluntad del Padre, y, sin embargo, no pasa nada sin que Dios esté involucrado. Nadie muere sin que Él no sufra la agonía. Nadie es rechazado sin que también Él sea rechazado[3], ninguno es crucificado sin que Cristo, también, sea crucificado.

«Lo que oyen en secreto, anúncienlo en las terrazas», en el lugar de trabajo, en la escuela. En las reuniones de cada día anuncien que Dios se preocupa por cada uno de sus hijos, que no hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de Dios.

Tengan más bien temor de quien tiene el poder de destruir el alma. El alma es vulnerable, es una llama que puede languidecer. Muere de superficialidad, de indiferencia, de falta de amor, de  hipocresía… Muere cuando te dejas corromper, cuando desanimas a otros y les quitas el coraje; cuando trabajas para derribar, para calumniar, para burlarte de los ideales. Muere cuando difundes el miedo.

Por tres veces Jesús nos asegura: «no teman»[4], ¡ustedes valen mucho! ¡Qué  bello es este verbo! Yo valgo para Dios. Valgo mucho más, muchísimo más que todos los pájaros, que todas las flores del campo: más de lo yo me atrevo a esperar. Y si una vida vale poco, de todos modos, nada vale más que una vida.

P. Ermes Ronchi, osm

 

[1] Tomado de www.avvenire.it

[2]Las cursivas y negritas no son del P. Ermes

[3] Cfr. Mt 25

[4] Cfr. Mt 10, 26.28.31

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.