Pentecostés

P. Sergio García, msps

Pentecostés: una gran renovación eclesial. Una renovación que viene de muy lejos, pero no tanto.

Los movimientos, suscitados sobre todo en el siglo pasado, forman parte de una gran renovación eclesial en el Espíritu, que es una realidad en el mundo entero, en los cinco continentes y que abarca también todas las denominaciones cristianas.

De esto hablaba el Papa Paulo VI: «En el día feliz de Pentecostés, el Año Santo despliega sus velas a fin de que una nueva navegación, un nuevo movimiento verdaderamente neumático, es decir, carismático, impulse en una única dirección a la humanidad creyente» (Año Santo 1975).

Parodiando a Antoine de Saint Exupery en su obra monumental y sencilla “El Principito”, diría: «El amor empieza con una mirada, viéndose uno al otro; crece cuando los dos miran en una misma dirección» y se mantiene «cuando se ve con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos». Así es Pentecostés.

Este nuevo Pentecostés se inserta en las vicisitudes humanas. Las mismas condiciones de nuestro tiempo, parecen preludiar una nueva epifanía del Espíritu por la evidencia de hechos prodigiosos, sea por el sin sentido de la muerte y de la guerra, sea por la defensa de la vida y del auténtico amor. Estas renovaciones de que hablamos son: los movimientos kerigmático y catequético, bíblico, litúrgico, carismático, comunitario, social y el ecuménico, entre otros. Cada uno de ellos destaca una dimensión que no puede estar ausente en la vivencia cristiana total.

El movimiento kerigmático y catequético para renovar todo el ministerio de la Palabra en la Iglesia y transformar de raíz la vivencia cristiana renovando los sacramentos de la Iniciación Cristiana.

 El movimiento bíblico que descubre la centralidad de la Palabra de Dios, centra y concentra en ella toda la predicación de la Iglesia y la pone en las manos de todos los cristianos.

El movimiento litúrgico que, más allá de los cambios de forma, hace redescubrir la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Cristo, cumbre de toda la actividad de la iglesia, eje alrededor del cual puede y debe girar toda su vida y fuente de donde dimana toda fuerza transformadora para una creación nueva. Con el conocimiento y participación más viva y activa por todos los fieles.

El movimiento carismático, o Renovación en el Espíritu, que por su referencia explícita a la acción del Espíritu y a la experiencia de su poder en todos sus efectos y manifestaciones, es especialmente signo claro de un Nuevo Pentecostés, como lo señala el Papa Juan Pablo II en CT 72. Para algunos no es un movimiento en la Iglesia, sino la Iglesia toda en movimiento. “Haciendo lío” como “argentinamente” nos pide el Papa Francisco. Es concretar el kerigma que nunca pierde actualidad.

 El movimiento de renovación eclesiológica y comunitaria, como una visión nueva de la Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Comunión en el Espíritu y dentro de ella la aparición de las Pequeñas Comunidades Eclesiales. Serán el signo de fraternidad y solidad. La única prueba que podemos dar a nuestro mundo de que Cristo resucitó es que nos amamos unos otros.

El movimiento social y liberador, ante la constatación de las graves injusticias, corrupción y opresión, y la miseria consiguiente, impulsa a cumplir las exigencias de la caridad en una fe operante y comprometida, con una opción preferencial por los pobres en vistas a su liberación integral. Para mí, la garantía de una auténtica experiencia de encuentro con Jesús radica en que nos comprometemos socialmente en realidades de liberación: opción por la vida, definición clara del amor del hombre y la mujer, los brazos abiertos y generosos con los emigrantes, solicitud real por los pobres, desamparados y enfermos. Recordemos: «Tuve hambre y me diste de comer…» no dice “y te dedicaste a hacer análisis de realidad”. Eso vendrá después.

El movimiento ecuménico, cumpliendo la oración del Señor, “Que todos sean uno, para que El mundo crea” (Jn 17, 21).

También hay Pentecostés para Obispos, sacerdotes, religiosos, laicos comprometidos para entrar de lleno en una espiritualidad de servicio no de dominación, de fidelidad al futuro y verdadera definición por los valores de respeto a la infancia, comprensión de la juventud, valoración de los ancianos como “memoria histórica de la fe”. También lo dice el Papa Francisco.

Las familias adquieren el impulso de unidad, fidelidad, generosidad; respetadas como familia que cumplen su vocación de “ir recreando la humanidad” en el amor, la libertad, la fecundidad y la fidelidad. El Espíritu familiar que tanto llegará a las instituciones educativas sanas, vivas y fuertes.

Y así la iglesia entera, en todos sus niveles y por todos sus aspectos, está viviendo una renovación teológica, pastoral, jurídica e institucional. Todo esto es una clara manifestación de un Nuevo Pentecostés que está llevando a una transformación y renovación total y radical de los bautizados y de la Iglesia. Todo esto es obra del Espíritu Santo, un verdaderamente nuevo Pentecostés con los mismos signos y prodigios del primero, una nueva epifanía del Espíritu con la evidencia de hechos prodigiosos.

Siempre que la Iglesia cumpla este programa y modelo volverá a vivir el mismo Pentecostés: evangelización hecha por testigos ungidos que invitan a una respuesta (Hch 2, 38) y perseveren en la Vida Nueva: comunidad, enseñanza, oración y Fracción del Pan, compromiso social fraterno y solidario (Hch 2, 42 – 44).

Jesús es por excelencia el “hombre del Espíritu”; María, Madre nuestra, es el modelo de docilidad al Espíritu; El Espíritu Santo nos lleva a la verdad completa que tiene su origen y su plenitud en el proyecto del Padre, conocido, amado por encima de todo: ¡A él la gloria y bendición, Amén!

 

P. Sergio García,msps

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