¡Qué grande es tu fe!

P. Fernando Torre, msps

En varias ocasiones, Jesús les echa en cara a sus discípulos o a los judíos su falta de fe. Sin embargo, en otras páginas del evangelio, Jesús alaba la fe de algunas personas.

«Mujer, ¡qué grande es tu fe!», le dice, asombrado, a una mujer cananea que con insistencia le pedía que curara a su hija. Luego, en vez de decirle: «iré a curarla» o «ya está sana», Jesús le dice: «que se cumpla lo que deseas». Y el evangelista declara: «y desde aquel momento su hija quedó sana» (Mt 15,28). Casi podríamos decir que el milagro se debe, más que a Jesús, a la fe de aquella madre.

En otra ocasión, un oficial romano se acerca a Jesús para pedirle la curación de un criado enfermo. Jesús le dice: «iré y lo sanaré». Pero el oficial replica: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta con que digas una palabra y mi criado quedará sano». Entonces Jesús exclama: «no he encontrado en Israel a nadie con una fe tan grande» (Mt 8,7-10).

De manera similar, Concepción Cabrera alaba la fe del padre Félix de Jesús cuando, con orgullo y gratitud, dice de él: «tiene una fe peor que Abraham»[1]. Lo dice en relación al modo como este sacerdote francés acogió la llamada de Dios a vivir la Espiritualidad de la Cruz y a promover las Obras de la Cruz. Ella fue el conducto por el que le vino esta llamada; él, sin haber visto, respondió a su nueva vocación con prontitud y generosidad.

¿Qué tan grande y tan fuerte es nuestra fe? ¿Será capaz de sostener nuestras opciones en momentos de sufrimiento, tentación, prueba o persecución, o se quebrará? ¿Es la dimensión fundamental de nuestra vida –la que nos constituye como creyentes– o es solo un adorno superficial? ¿Es una fe que le pide a Dios: «hágase tu voluntad» (Mt 6,10) o que solo le pide que satisfaga nuestras necesidades y cumpla nuestros caprichos?

P. Fernando Torre, msps

 

[1] C. Cabrera, Historia de los Misioneros del Espíritu Santo, 2,168.

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