Cómo se prepara uno para morir

P. Fernando Torre, msps

«¿Cómo se prepara uno a morir? Preparándose a vivir, pero a vivir la verdadera vida de Cristo, así es como se espera tranquilo la muerte. Morir en el amor, morir por el amor. Morir de amor, así murió María. Tener serenidad siempre y en todas las circunstancias de la vida. Serenidad en las grandezas y serenidad en la cruz»[1].

De este escrito que Concepción Cabrera le envía a su hija Teresa de María, podemos obtener cuatro enseñanzas.

Nos preparamos para la muerte viviendo: agradeciendo el don de la vida, aprovechando el tiempo, disfrutando los múltiples goces que la vida nos ofrece. Mucha gente, aunque aún respire, está muerta; son seres sin proyecto ni esperanza, sin chispa ni pasión.

Nos preparamos para la muerte viviendo la vida de Cristo, la vida de la gracia. Muchos no están preparados, pues tienen un alma muerta a causa del pecado o niegan la resurrección y la vida eterna. Qué contraste con san Pablo, que tranquilamente decía: «para mí, el vivir es Cristo, y el morir es una ganancia» (Flp 1,21).

Nos preparamos para la muerte amando. Solo quien ama está vivo; «quien no ama permanece en muerte» (1Jn 3,14). Al final de nuestra vida –decía san Juan de la Cruz– se nos preguntará: «¿Amaste?» ¡Amemos!; entreguemos hoy nuestra vida en el servicio a los demás, para que en cualquier momento podamos morir de amor, por amor y en el amor.

Nos preparamos para la muerte conservando la serenidad, asumiendo las pequeñas muertes de cada día y mirando de frente la muerte, sin huir de ella[2] ni camuflarla[3]. Nos preparamos dándole de antemano la bienvenida, como lo hizo san Francisco de Asís. La muerte no es la enemiga que vendrá a destruirlo todo; es la buena hermana –un poco fea– que nos abrirá las puertas de la Vida.

¿Estamos tú y yo preparados para morir hoy?

P. Fernando Torre, msps

 

[1] C. Cabrera, Cartas a Teresa de María, México 1989, 487.

[2] Huimos de muerte cuando nos angustia la idea de que un día moriremos; cuando nos obsesionamos por añadir días a nuestra vida, en vez de añadir vida a nuestros días; cuando evitamos a toda costa que se note en nuestro cuerpo el paso del tiempo…

[3] Camuflamos la muerte cuando ni siquiera somos capaces de decir: se murió. Decimos: Nos dejó, se nos adelantó, se fue al cielo…

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