¡Sean santos y felices! (Félix de Jesús Rougier)

P. Eduardo Suanzes,msps

Celebramos hoy la fiesta de todos los santos. ¿Y esto qué es? ¿Quiénes son los santos y por qué los celebramos? Es más…, ¿qué significa ser santo? Esta pregunta que podría parecer una mochilada trasnochada,  es, en realidad, la pregunta del millón.

La pregunta da la impresión de no interesar a nadie; a muchos, tal vez, les pueda parecer extraña, lejana, de otro planeta, fuera de lugar, desencarnada… Y esto para católicos creyentes practicantes. Ni mencionar a los no creyentes, ni a los que viven sumergidos en la vorágine del mundo sin otro dios que su propio yo, atrapados en el palacio del culto a sí mismos, rodeados de la corte del poder, el tener y el placer. Ya sea que pertenezcan al liberalismo más agresivo, como al socialismo más radical, por poner los dos extremos del espectro en que parece el mundo actual está dividido.

¿Ser santo?…Vamos, de risa. Inmediatamente, al oír la palabrita, nos viene al imaginario el nicho donde se encumbra tal personaje medieval o el pedestal exclusivo de aquellos seres extraterrestres, sí, al parecer inhumanos, que vivieron una vida preñada de privaciones, sufrimientos sin cuento al margen de la realidad. Seres bipolares sumergidos en un mundo imaginario espiritualoide (que ni siquiera iban al cuarto de baño), que de tanto en tanto volvían al mundo real… solo de vez en cuando.

Es verdad, para muchos este es el imaginario del ser santo…

Pero para la Iglesia, para el seguidor de Jesús, para nosotros esto no es así. ¿qué podemos decir del ser santo? ¿Quién es santo?  ¿Estoy yo llamado a ser santo? ¿Es esto un imposible, algo, digamos, perdido en la lejanía del cosmos, o es una realidad al alcance de mi mano? Y lo que es más importante… ¿para qué? ¿Qué tiene que ver esto en mi vida?

Si no fijamos en el evangelio de hoy la palabra que se repite machaconamente es la de dichosos, es decir, felices. La llamada del evangelio de hoy es a la felicidad y propone, no uno, sino nueve caminos. Y al final termina diciendo…«y esto por mi causa», por estar unido a mí, por ser de los míos… Jesús llama a la felicidad. Nos está diciendo por activa y por pasiva: «mira, la unión conmigo, trae consigo la felicidad. Esa felicidad que buscas, que mueve tu corazón, que anhelas, a la que estás llamado, soy Yo el que te la doy. Para eso me he encarnado, para eso me hecho uno contigo, para que tú te hagas uno conmigo. Sí, uno conmigo: a eso estás llamado, para eso te he creado. Mira: emprender el camino hacia ese destino, eso, precisamente eso, es ser santo»

Y dice el Papa Francisco que «La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver»[1]. Se trata, pues de vivir desde Jesús, hoy y ahora. Porque para ser santo no hay que esperar a la muerte. El ser santo no es un destino que está allá en la otra vida. ¿Y saben por qué? ¡Porque no hay otra vida! No existe la otra vida.

Y  no hay otra vida porque sólo hay una vida. Vivimos para morir y morimos para vivir. La vida eterna, la identificamos sólo con «el más allá». La vida eterna, sin embargo es la que nos mueve hoy, comienza en el «más acá». «Yo he venido para que tengan vida ¾dice Jesús¾ y vida en abundancia». Jesús dice traer, es decir, aquí y ahora. Estar con Jesús es tener vida en abundancia, es decir, ser felices…tener la vida eterna… ¡Para esto ha venido Él!

¿Cuál es nuestro error? ¿Por qué entendemos mal las cosas, la búsqueda de la felicidad? Porque invertimos los factores: aquí el orden de los factores sí que tiene importancia: es decisivo. La felicidad es una consecuencia de seguir a Jesús, de la santidad, y nosotros buscamos sólo la felicidad como referencia sin darnos cuenta de que ella es una consecuencia, no la causa. La causa es la santidad, el efecto, la felicidad.

Ser santo, pues, es ser de Jesús. San Pablo llamaba a los cristianos de las comunidades, a los seguidores de Jesús, santos. Ése es el sentido exacto del término: seguidor de Jesús; aquel que tiene en su intención, en su corazón, querer ser como Él, aunque tropiece y se vuelva a levantar una y otra vez. Es experimentarse como hijo en el Hijo. Experimentarse como hijo es un paso colosal hacia la felicidad. No hablo de saberse hijo: hablo de experimentarse como tal. Vivirse como hijo amado del Padre, un Padre que nos ama con un amor implacable. Nos dice la Primera carta de Juan, que quien no se experimenta como hijo es porque no ha conocido a Dios, es decir, es porque no lo ha experimentado a Él, porque no lo ha saboreado.

Ser santo es comenzar el camino de querer ser como nuestro Padre es. Fíjense lo que dice Juan en la Segunda Lectura: «Todo el que tenga puesta en Dios esta esperanza, se purifica a sí mismo para ser tan puro como él». ¡Estamos llamados a ser tan puros como Dios!. Para eso tenemos a Jesús, para eso ha venido Él, para decirnos cómo, para enseñarnos el sendero. Pero, ojo, sólo hay una forma de saber el sendero, y es caminándolo con Jesús. Aquí las teorías no sirven. Yo puedo saber un montón de cosas sobre el mundo, sobre la política de los países; podré conocer la geografía de tierras remotas sin moverme de mi casa, incluso del cosmos. Ahora con la ayuda de internet todo está al alcance de mi mente y de mi saber. Con el camino de Jesús no podemos hacer esto. Podremos hacer la carrera de teología y tener el prestigioso doctorado en la Universidad más excelente; podré ser un eminente biblista, conocer el hebreo, el arameo,  el griego y el latín; podré haber estudiado papirología, el leguaje jeroglífico de los faraones, el sumerio, el acadio, la escritura cuneiforme de la antigua babilonia. Podré haberme tragado los escritos de los padres primeros de la Iglesia; saberme de memoria los escritos de San Agustín, Tomás de Aquino y de todos los papas….Nada, nada de eso me sirve si no camino dentro del Camino. Si mis pasos están fuera del camino jamás conoceré a Jesús. Para seguir a Jesús hay que andar el camino con Él; entonces seré santo para Él y comenzaré a experimentar la felicidad que tanto deseo. Aquí el orden de los factores sí que importa.

El P. Félix de Jesús Rougier escribía a sus estudiantes de Roma en 1926: « ¡Jesús los haga santos y felices!». Este pensamiento lo repite en muchas de sus cartas a sus «amados romanos», de ordinario formando parte del saludo o la despedida. La última vez que encontramos esa expresión es en una carta que les envió el 9 mayo 1937, ocho meses antes de su muerte: «Los saludo muy cariñosamente, suplicando a N. Señor los haga santos y felices». La mayor parte de las veces, el P. Félix les desea, o pide para ellos, que Jesucristo o Nuestro Señor los haga santos y felices. Dos veces esa petición va dirigida a la Virgen María.

En una ocasión la expresión tiene un tono de invitación o mandato: «Sean Santos y felices».

También encontramos unidas las ideas de santidad y felicidad en las felicitaciones que Félix  les envía con motivo de la Pascua, la Navidad, el Año Nuevo… «Les deseo a todos y a cada uno un Santo y FELIZ AÑO NUEVO».

No, el ser santos y ser felices no son cosas separadas. Para el P. Félix, como para Jesús,  son dos realidades estrechamente vinculadas; él sabe muy bien cuál es la causa y cuál el efecto. Esto aparece claramente cuando les dice: «FELIZ Y SANTO AÑO NUEVO a cada uno de Uds. Si es muy santo será también muy feliz ¡en todo sentido!»

Todos anhelamos la felicidad; el P. Félix Rougier nos indica que el camino es la santidad. Es el mismo camino que Dios nos había revelado: «si haces el bien, te sentirás feliz»[2]; «haz lo que es recto y bueno, para que seas feliz»[3]. Es el camino que Jesús nos trazó en las bienaventuranzas, la lectura del Evangelio de hoy, y que él recorrió primero.

No se trata, pues, de buscar afanosamente la felicidad, de obsesionarnos por alcanzarla a toda costa ni de preguntarnos a cada momento si somos felices. Se trata, más bien, de «buscar la santidad[4]»; de buscarla con suavidad, cada día. Entonces, la felicidad surgirá espontáneamente de nuestro manantial interior y nos sentiremos inundados de paz, bienestar, armonía, plenitud, esperanza, gozo… Eso es ser santo.

P. Eduardo Suanzes, msps

 

[1] Francisco. Lumen Fidei, 18. Encíclica.  En Roma, el 29 de junio de 2013

[2] Gn 4,7

[3] Dt 6,18

[4] Hb 12,14

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